EN SEPTIEMBRE, ABRIMOS EL OTOÑO y acompasamos nuestro tiempo a un ritmo cotidiano. Hay un consenso de inicio de curso, no de año, que nos despierta de otro modo los sentidos. Entre ellos la vista, que nos señala el marcador de hojas de un libro que sostiene nuestra curiosidad, pero que impulsa el deseo de trasladarse al libro aún pendiente de abrir. Todos solemos tener deudas con los libros. Cuando me regalan uno, pienso que el agradecimiento a la generosidad del amigo se paga con la lectura del regalo y que sostener entre mis manos sus páginas es una manera delicada de obsequiarle con bienes intangibles: el seductor silencio de la lectura y el bien escaso de nuestro tiempo.
Otoño, cuando caen otras hojas, es una estación propicia para recrearnos en una lectura pendiente: romper el secreto de un libro y acariciar sus hojas con una lectura serena y creativa.
Entre mis lecturas recientes, me han impresionado unas reflexiones sobre dos temas de capital importancia: se trata del sabor del silencio, y el placer de la conversación. No son cuestiones de urgencia periodística, que ocupen primeras páginas, pero estimo que sí son bienes de primera necesidad para recuperar la dulzura de lo humano.
Detengámonos en las dos palabras: silencio y conversación. Aparentemente las dos parecen chocarse y querer vencerse la una sobre la otra, convirtiendo la ilativa que las une en una disyuntiva que las separa: silencio y conversación; conversación o silencio. Pero, no caigamos en la tentación de una elección precipitada y abramos nuestra curiosidad a lo que pueden decirnos estos dos vocablos como pórtico del nuevo curso.
El sabor del silencio
Cuando anuncié a algunos amigos que iba a un retiro largo, que requería estar en absoluto silencio, me miraron con una admiración compasiva y un interrogante de curiosidad: ¡tanto tiempo sin hablar! ¿Se puede soportar? Me gustaría compartir contigo la reflexión de mis respuestas.
El silencio no es la ausencia de palabras, sino la tierra en las que se siembran. «Al principio era la Palabra», nos dice el evangelista Juan. Pero, sin desdecirlo, ¡quién soy para hacerlo!, podemos pensar: al principio era el silencio; en él, el Hijo de Dios se hizo Palabra y la «Palabra se hizo carne». Dios creó el silencio y se recreó en la Palabra.
Vivimos envueltos en ruidos que nos sobrepasan, nos invaden, a veces sutilmente, reclamando nuestra constante atención: las noticias se hacen agresivas por repetitivas; la conversación pública sube de tono en sucesión de gritos; las redes sociales se ofrecen como escenarios impúdicos en los que desnudamos nuestras vanidades; los tonos del móvil nos reclaman una disposición instantánea, recelando si tardamos en responder… El ruido se ha aliado con la prisa. El silencio y el sosiego parece una meta inalcanzable, un delirio de un golpe de calor. El silencio se ha convertido en objeto de deseo.
Señala Espiro Freire, que los Padres del desierto, unos sabios que inauguraron la tradición del acompañamiento espiritual en el siglo IV, señalaban: «el alma solo se encuentra a sí misma cuando calla». Desde entonces, el silencio ha sido el gran maestro invisible de la vida espiritual. San Benito lo convirtió en eje de su Regla, que ha ordenado la vida monástica: los monjes negros benedictinos y los blancos cistercienses, así llamados por el color de su hábito; y los cartujos, una rama que convierte el silencio absoluto en su voto más distintivo.
Los grandes maestros de espiritualidad han dejado hermosos elogios del silencio. San Juan de la Cruz lo ha cantado en una hermosa paradoja: «la música callada, la soledad sonora», desvelándonos que el silencio no es mera ausencia de palabras, sino otro lenguaje que prioriza la escucha atenta y hace hablar, sin palabras, al corazón. El verdadero silencio no se impone por una norma externa, sino que se aprende: al principio, provoca extrañeza, como un cierto desarraigo; después, se abre camino hacia el interior, 1generando un hueco en el que se filtra la luz. El silencio nos enseña que estamos presentes ante nosotros mismos, sin necesidad de afirmarnos ante nadie.
Hoy, existe el riesgo de imponer el silencio como una moda «contra cultural». Se multiplican formas de retiros de silencio, como una terapia para la supervivencia, como método de desintoxicación del estrés atronador en que navegamos. Pero, la terapia tiene su éxito si ataca el germen que provoca la adicción. El silencio es curativo si no es simple disciplina de ayuno de palabras, sino que favorece llenar de contenido las palabras y no banalizar la conversación. Por eso, el silencio voluntario es subversivo: un gesto de verdadera libertad interior; callo, no porque me falten las palabras, sino para preñarlas de densidad y calidad: si mis palabras tienen sentido y son utilizadas como obsequio al otro, «el silencio no es cortante», sino un nuevo impulso para prolongar la conversación.
En un viaje a Burgos, en compañía de un buen amigo, del que aprendí el amor por la belleza y el interés por el arte, programamos una visita a su catedral, esa joya admirable que tan solo puede levantar la fe de un pueblo. Sentados en un banco de piedra, ante una de sus puertas, comenzamos a admirar su esplendor y decidimos adentrarnos en el misterio de su interior con una consigna: «Entramos; yo me voy por la derecha y tú por la izquierda; dentro de hora y media nos volvemos a encontrar en este banco». Y me recordó: «¡Ah! Y nada de fotos con el móvil, sólo la cámara de nuestros ojos y el archivo en la memoria infinita de los sentidos».
La contemplación de la belleza hace perder la noción del tiempo; así lo acredita la impuntualidad de muchos enamorados. Seducido por lo que contemplaba, fui impuntual a la salida y llegué minutos tarde. Me senté junto al amigo, que aguardaba con un cigarrillo cómplice. Guardé silencio; él no pronuncio palabra. A los diez minutos largos, exclamó: «¡Qué hermosura, qué armonía!». Asentí con la cabeza y balbucí mi opinión: «¡Y todo, obra de manos humanas!» Se hizo un silencio prolongado. Y mirándome, sonrió: «¡Pero, son manos movidas por la fe!». Recordamos una cita sobre la que tuvimos una larga conversación después de visitar la catedral de Santiago de Compostela. Preguntado el poeta alemán Heine por qué no se construían ya grandes catedrales, como en el gótico, respondió: «La gente de aquellos tiempos tenía convicciones; nosotros los modernos sólo tenemos opiniones. Y se necesita algo más que una simple opinión para erigir una catedral gótica». Aún tengo viva nuestra larga conversación. El silencio se alargó, saboreando la sabiduría.
Nuestra visita turística a la capital castellana, se alargó al Monasterio de las Huelgas: los comentarios artísticos, salpicados de anécdotas históricas sobre enterramientos reales, latrocinios franceses y abadesas con báculo, se entremezclaban con largos silencios… La caída de la tarde nos llevó a contemplar la austera belleza de la Cartuja de Miraflores, donde la magnífica imagen de San Bruno, que suele representarse con el dedo en la boca, nos recordaba que el silencio es el mejor discurso para obsequiar a Dios. Ante el misterio, el silencio se convierte en contemplación reverente de lo que no puede pronunciarse, pero nos sobrecoge y nos hace cómplices.
En la vuelta a la ciudad, dando las espaldas al sol, los diálogos sobre la historia de los cartujos, su vida peculiar, su amado silencio, se entremezcló con silencios prolongados: el cansancio suele cerrar la boca y abrir el estómago. Cuando cenábamos, antes de despedirnos para partir al día siguiente muy temprano, cada uno a su destino, le espeté: «¿No se te hacen violentos nuestros silencios?». Me contestó, con la sabiduría de la experiencia vivida: «No. Suelo decir que un amigo es aquél que sabe soportar mis silencios. Porque los silencios hablan, sin tener que pronunciar palabras, simplemente activan la memoria de lo compartido».
Pensé: Dios, muchas veces, guarda silencio, como si estuviera ausente y, si su silencio se prolonga, puede suscitar la duda de que alguna vez nos hubiese hablado o simplemente hubiésemos ensoñado una conversación. Sin embargo, el silencio de Dios puede ser profundamente revelador: él calla porque ya nos lo ha dicho todo en su Hijo, y no tiene más que decirnos, sino invitarnos a contemplarlo. Y nuestro silencio ante él, quizás sea la forma más humilde de fe: rendirse ante lo Inefable, lo Indecible, es una manera de confesar sin palabras que Alguien sostiene este ruido que llamamos mundo. Me vino a la memoria una poesía de Pablo Neruda, dirigida a su amada. Y ¿por qué no, convertirla en oración a Dios?
Me gusta cuando callas, porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa, bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
El placer de la conversación
«En la sociedad del tuit y del zapping, la conversación constituye todo un lujo. No hay tiempo para conversar, solo lo hay para intercambiar mensajes. Cuando un mensaje es largo, no se lee… A través de nuestros dispositivos móviles, nos transferimos imágenes, sensaciones, emociones, utilizamos signos lingüísticos e iconos para comunicar lo más velozmente posible lo que sentimos… La conversación distendida, sin cronómetro, es algo extraño en la vida ordinaria», afirma el filósofo Francesc Torralba. Humildemente, podemos concluir nosotros, saboreado el silencio: ¡Es urgente recuperar el placer de la conversación!
En mi época universitaria, solíamos acudir a una peña flamenca, la peña Juan Breva, para entablar tertulia y arreglar, ante una caña o un vino, lo mal que estaba el mundo -el resultado de nuestro empeño se puede observar simplemente abriendo las primeras páginas de los periódicos del día-. Había entonces en sus mesas unos ceniceros de barro con una leyenda grabada: «escuchar es un arte». Confieso que un día, después de una densa tertulia, alargada por la insistencia de la lluvia, estuve tentado de robar devotamente uno. Pero, al comentar con el encargado la belleza del slogan, él mismo me sugirió: «pues, llévese usted uno». Hizo de ángel y evitó mi pecado.
Sí. Para que haya conversación, se necesitan al menos dos. La conversación se hace tertulia si es número impás. Pero, más de uno porque si no es simplemente soliloquio. El primer momento de toda conversación es el silencio. La ausencia de palabras provoca la expectación de la escucha. Y, dejar la iniciativa al otro, es una forma de galantería, un obsequio que valora lo que puede decirme. «¡Es una persona que sabe escuchar!» se ha convertido en un elogio muy valorado. Las personas que escuchan son personas buscadas, porque su presencia serena el tiempo y carga de densidad las palabras. Todos huimos de los «ablativos absolutos»: comienzan perdiendo la “h” y terminan perdiendo la razón… Deseamos, ansiosos, que se lleven algo a la boca para dejar de oír su discurso.
La conversación reclama la presencia. Un noviazgo a base de videollamadas, termina siendo una ficción… Falta la contemplación del gesto, el tacto de las manos, la complicidad del perfume, el placer de la voz, sin interferencias… La amistad, cuando pierde la presencia, corre el riesgo del olvido, disimulado en las felicitaciones que nos recuerda el móvil o la publicidad cómplice que aturde y recuerda la Navidad. La conversación es un flujo de palabras y gestos, un ir y venir de palabras. Exige tiempo y escucha. Sin reciprocidad es imposible conversar.
La conversación no tiene por qué obedecer a una razón instrumental. No hay que buscar una rentabilidad tangible. La conversación tiene un fin en sí misma: es un intercambio libre de ideas, un camino que se construye andando, pues no está establecido el punto de llegada, ni cerradas las cuestiones que se van a tratar. «Cuando la conversación tiene una orientación hacia la rentabilidad, deja de ser conversación. Se convierte en un proceso instrumental, en un mecanismo de persuasión cuyo fin es convencer al otro», puntualiza Torralba. La conversación reclama la gratuidad: el placer de saborear las palabras y acariciar las ideas como donación e intercambio con los otros.
Un grupo de amigos, condiscípulos de estudios en Roma, solemos vernos cada año, aunque hemos sido infieles a algún calendario. Nuestros momentos de convivencia, provocan, ya desde el inicio, la espontaneidad de la conversación. Después del reconocimiento del avance de la frente sobre nuestra ausencia de pelo, y tras las preguntas protocolarias sobre los análisis clínicos y la familia, alguien plantea un tema de actualidad: los hay más escorados a los mentideros eclesiásticos y los que tocan más la carne de lo cotidiano… A mí, siempre me ha gustado andar por las lindes, te fuerzan al ejercicio de conservar el equilibrio.
Y ante una buena comida, se provoca la tertulia. El buen conversador, pretendidamente, por estrategia de amigo, reserva las palabras y activa la escucha… Se incorpora a la conversación cuando algunos ojos, sin palabras, piden que opine. Cuida sus silencios para que sus opiniones aporten y no solo refrenden lo dicho por consenso, A veces, hay alguien que se va por las ramas, señalando lo bien fritos que están los boquerones; pero, siempre suele haber otro que reconduce la conversación por el carril sugerente, porque lo banal produce tristeza.
La tertulia tiene la sabiduría de detener el tiempo. Por eso, suele surgir más en las sobremesas de un día que no reclama la urgencia del trabajo del día siguiente. La tertulia se hace más densa al atardecer; sobre todo, si alcanza la noche. La conversación puede cambiar la andadura de nuestros pasos, y quizás ayude 3también a reorientar el transcurrir de nuestra vida, porque nos ha abierto un horizonte nuevo, donde antes sólo veíamos una muralla.
La conversación auténtica, no se construye sobre el cálculo de vencer a los otros; cuando uno conversa, no tiene como objetivo ganar o no ser derrotado, sino, simplemente, gozar de la compañía inteligente de alguien con la audacia de expresar sus pensamientos y sentimientos, sin miedo a la indiscreción. Para que haya conversación es necesaria permeabilidad, apertura de mente y corazón. Esta reciprocidad, se echa de menos en muchas conversaciones. Cada uno sigue la estela de su pensamiento, se desconecta de las ideas del otro y persiste en su versión unilateral: se golpea sobre un yunque, cuyos ecos ensordecedores son monótonos, insistentemente iguales.
En el Evangelio hay un pasaje evocador, descrito con pocas palabras y cargado de sensibilidad. Es un ejemplo de conversación, de tertulia. Eran dos los que van de camino, a prisa, con una meta definida: huir del desengaño del final de la vida del Maestro, muerto en la cruz de Jerusalén y volver derrotados a la monotonía amarga del pueblo del que partieron: Emaús. A su caminar sombrío y a sus pocas palabras, se agrega un tercer caminante, que provoca: ¿Qué conversación os traéis de camino? Surge el reproche: ¿Acaso eres tú el único que no sabes lo ocurrido en Jerusalén? El caminante anónimo se atreve a responder con palabras de Maestro, que despiertan su interés.
El fluir de las palabras detiene el tiempo y ahoga la prisa de llegar al final del camino. El vínculo creado por la inquietud compartida, provoca la suplica: Quédate con nosotros, ¡que la tarde va cayendo! La noche se convierte en cómplice que prologa una conversación amable, que toca los corazones de los contertulios: el invitado, abre el suyo y derrama en sus palabras la explicación del misterio de lo sucedido… Y, sin palabras, un gesto le identifica: le reconocieron al partir el pan. Los huidos de Jerusalén, y de sí mismos, recrean en su corazón lo escuchado: ¿No ardía nuestro corazón, cuando nos explicaba las Escrituras por el camino? La conversación revierte el camino: Volvieron a Jerusalén y contaron a los otros lo ocurrido y como le reconocieron al partir el pan.
«Cada domingo, cada día de fiesta,
Dios me invita a conversar, a hacer tertulia.
Quizás vamos desde nuestro desencanto y nuestra desgana,
con las luces bajas de Emaús;
pero, al dirigirnos su Palabra arderá nuestro corazón
y le reconoceremos al partir el Pan».
¡Gracias por vuestras oraciones!
Alfonso Crespo Hidalgo, septiembre 2026
