José Antonio Marina, filósofo y pedagogo, trae a Málaga la reflexión de una de sus obras más conocidas: "¿Por qué soy cristiano?" (Anagrama, 2005), y conversa sobre su concepción del cristianismo, las voces influyentes que retoman el interés por lo religioso, la educación, la ética y el poder.
Si tuviera que responder de manera personal y breve al título de la convocatoria de hoy, ¿por qué es cristiano José Antonio Marina?
Diría que lo soy porque creo que el mensaje de Jesús de Nazaret contiene una serie de elementos que satisfacen plenamente mi idea del mundo, mis expectativas y aquello que considero que podría ser un buen futuro para la humanidad. El mío es un modo de ser cristiano, si se quiere, muy poco religioso. En el fondo del cristianismo hay una manera de entender la vida y, si esa manera te parece beneficiosa tanto en el plano personal como en el social, entonces te sientes identificado con ella. Por tanto, mi postura es más ética que religiosa.
Últimamente se habla de voces destacadas que empiezan a abordar el tema religioso, a manifestar un acercamiento a Dios y a la Iglesia. ¿A qué se debe este creciente interés?
El interés por la religión nunca ha disminuido. Desde el siglo XIX se pensaba que pertenecía a una etapa arcaica de la humanidad y que estaba destinada a desaparecer. Sin embargo, nunca se perdió el interés. Lo que ocurre es que no siempre se trata de un interés serio. En situaciones de angustia, ansiedad o incertidumbre, las personas tienden a aferrarse a lo que sea: religiones, supersticiones o incluso pensamientos totalitarios. Que de pronto se diga que una canción de Rosalía puede conducir a la espiritualidad me parece irrelevante. Muchas personas desean encontrar argumentos que justifiquen la religión de manera superficial, pero eso no aporta nada. Cuando se habla de religión, hay que hacerlo con rigor; de lo contrario, se convierte en un vivero de supersticiones, credulidades y manipulaciones. Si el tema de la religión me interesa como filósofo, es precisamente porque exige tomárselo en serio. No lo hace quien adopta una actitud ingenuamente entusiasta ni quien lo rechaza sin conocimiento. La religión requiere reflexión rigurosa.
La Iglesia se ha propuesto avanzar hacia una mayor sinodalidad. ¿Qué sustrato necesita esa semilla para crecer en la Iglesia actual?
Entre otras cosas, es necesario creer realmente en el significado de la palabra Iglesia, que no designa una estructura jerárquica, sino un pueblo unido por una finalidad común. Recuerdo el escándalo que provocó la publicación del libro Jalones para una teología del laicado, del padre Congar. Se cuestionaba cómo podía hablarse de una teología del laicado, cuando se consideraba que lo importante era la jerarquía y el sacerdocio. Sin embargo, el pueblo también posee su propio sacerdocio. Lord Acton tenía razón al afirmar que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. La Iglesia no está exenta de ese riesgo.
Como pedagogo, creó una escuela de padres y ha trabajado mucho la implicación de los padres en la educación. ¿Qué piensa del impacto de los dispositivos móviles en niños y jóvenes? ¿Es adecuada la prohibición del acceso a redes sociales?
Es una cuestión muy compleja, porque la tecnología ha penetrado profundamente en nuestras vidas. Si los propios padres no pueden prescindir del móvil, resulta difícil que se lo prohíban a sus hijos. Sigue pareciéndome sorprendente ver a una familia en un restaurante —padres e hijos pequeños o adolescentes— en la que cada uno está absorto en su teléfono, sin interacción entre ellos.
El año 2008 fue, a mi juicio, una catástrofe educativa. Ese año se generalizaron los teléfonos inteligentes con conexión a internet y aparecieron tres innovaciones que transformaron la sociabilidad juvenil: el botón de “me gusta”, el scroll infinito y la cámara frontal integrada. Los “likes” se convirtieron en un mecanismo de validación social que distorsiona la conducta: se hacen cosas para obtener aprobación. El scroll infinito constituye un estímulo continuo que dificulta la desconexión y debilita la capacidad de atención. La cámara frontal facilita la autoexposición constante, generando una presión especialmente intensa sobre las chicas.
¿Es la solución prohibir el acceso a redes sociales? No creo que sea plenamente eficaz, pero sí puede servir para alertar de la gravedad del problema. Igual que se prohíbe el consumo de alcohol a menores, aunque se sepa que encontrarán subterfugios, se trata de enviar un mensaje claro: esto no es un simple entretenimiento, está modificando el comportamiento y el funcionamiento cerebral. Cuando el presidente de Facebook afirmó que solo Dios sabe lo que sus sistemas están haciendo en el cerebro de los niños, puso de manifiesto la extrema gravedad del asunto. Llamar la atención sobre ello es imprescindible.
Uno de sus temas de investigación es la inteligencia creativa. ¿En qué medida fomenta el sistema educativo el desarrollo del talento, y ese talento puesto al servicio del bien común?
Nuestro sistema educativo está mal diseñado. Los currículos son excesivamente extensos, lo que impide desarrollarlos adecuadamente. Se trabaja con la sensación permanente de no llegar. Además, carecemos prácticamente de educación moral o ética en el sistema educativo. Y eso es gravísimo. Educar no es solo instruir en asignaturas, sino formar personas responsables y buenos ciudadanos. Sin embargo, esa dimensión está ausente. Cuando se intentó introducir la asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, se produjo una fuerte oposición. Aquella materia pretendía reflexionar sobre cómo comportarse como buen ciudadano. Lo que se necesita es precisamente una ética común.
