La fiesta de Todos los Santos y por extensión el día de los fieles difuntos nos remite a una realidad que nos supera. La vida eterna. La vida no se acaba aquí. Por eso es ridículo celebrar una fiesta que niega la vida eterna, que se cachondea de la muerte. Con lo sagrado, con la puerta a lo eterno, no se juega. Y, por eso, es especialmente peligroso acercar a nuestros hijos a una filosofía de pensamiento que suponga una frivolización, en último término, de los momentos finales de la vida.