El cine español suma una nueva voz con fuerza propia. Yo no moriré de amor, ópera prima de Marta Matute, se ha alzado con la Biznaga de Oro a Mejor Película Española en el Festival de Málaga, y pronto llegará a los cines, su estreno en salas está previsto para el 8 de mayo. Lejos de grandes artificios, la película apuesta por un relato íntimo que conecta de forma directa con una experiencia compartida por muchas familias: el cuidado prolongado de un ser querido enfermo. Matute construye su historia a partir de un proceso personal, marcado por la enfermedad neurodegenerativa de su madre. De ahí surge también el título, una especie de declaración que condensa la contradicción emocional que atraviesa toda la obra.
Como ha explicado la propia directora, todo nace de una vivencia que definió como “dolorosamente bella”. La protagonista, Claudia, es una joven que intenta sostener su vida mientras asume el cuidado de su madre. A partir de esta premisa, el filme se adentra en un terreno poco explorado en el cine: las emociones contradictorias que acompañan a quienes cuidan. No solo hay entrega y afecto, sino también cansancio, frustración, culpa e incluso rechazo. La película no esquiva esas zonas incómodas, sino que las pone en primer plano con una mirada honesta y sin juicios. “Para mí era importante mostrar los momentos en los que quizá yo me sentía más sola y más frustrada”, ha señalado Matute, que también reconoce sentimientos difíciles de admitir, como “querer que se terminara ya” o incluso el rechazo hacia el familiar enfermo.
Ese enfoque, cercano a lo casi documental, evita el melodrama y apuesta por observar cómo la enfermedad reconfigura los vínculos familiares. Las relaciones se tensan, se transforman y, en muchos casos, encuentran nuevas formas de sostenerse. La verosimilitud de los personajes y la naturalidad de las interpretaciones contribuyen a que el espectador reconozca en ellos una verdad cotidiana. Uno de los aspectos más interesantes del filme es cómo aborda la idea de una juventud interrumpida. Claudia, interpretada por Mascort, encarna a una generación que, en ocasiones, debe asumir responsabilidades para las que no estaba preparada. Su experiencia plantea una pregunta incómoda: qué ocurre cuando el tiempo personal queda absorbido por el cuidado de otros.
El reparto, que combina a una actriz debutante con intérpretes consolidados como Sonia Almarcha o Laura Weissmahr, refuerza ese equilibrio entre fragilidad y autenticidad. El resultado es un retrato contenido, pero emocionalmente potente. Más allá de lo personal, la película también deja entrever una dimensión social. Sin convertirse en un discurso explícito, pone sobre la mesa la carga que supone el sistema de cuidados en España, todavía sostenido en gran medida por las familias. En su paso por Málaga, Matute lanzó una reivindicación clara: “Por favor, más residencias públicas y más vigilancia por parte de las instituciones”. Aun así, la directora insiste en que su principal objetivo era otro: acompañar a quienes atraviesan situaciones similares. “La motivación para hacer esta película siempre ha sido acompañar a las personas que están a cargo del cuidado de un familiar”, ha explicado. En ese gesto reside buena parte de la fuerza de la película. Yo no moriré de amor funciona así en dos niveles. Por un lado, como un relato profundamente personal; por otro, como un espejo en el que muchas personas pueden reconocerse. Quizá ahí radica su impacto: en mostrar que incluso en los momentos más duros, el amor no desaparece, sino que adopta formas más complejas, menos idealizadas, pero igual de reales.
