El pecado, ni más ni menos
L. ZHANG

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla,

En este camino cuaresmal deseo compartir una reflexión serena sobre el pecado. El poeta Charles Baudelaire escribió que «la más bella de las artimañas del Diablo es persuadiros de que no existe». Más allá del contexto literario de la frase, su intuición resulta profundamente actual. En nuestra cultura, hablar de pecado y de culpa parece improcedente, incómodo o incluso dañino. Así, casi sin advertirlo, el pecado ha ido desapareciendo de nuestro horizonte espiritual.

Sin embargo, restar importancia al pecado es tan empobrecedor como colocarlo en el centro obsesivo de la experiencia religiosa, algo que ocurrió con demasiada frecuencia en otros tiempos. Aquellas miradas exageradas, que veían pecado casi en cualquier cosa —sobre todo en lo relacionado con el sexto mandamiento—, generaron heridas, miedos y escrúpulos. Hoy estamos llamados a aprender de esos errores y a recuperar una comprensión más bíblica del pecado y del perdón de Dios.

La Escritura nos enseña a entender el pecado, ante todo, como un desamor: una falta de gratitud y de correspondencia al amor que Dios nos regala. No es simplemente una mancha que afea, ni una limitación que nos condiciona, ni una mera transgresión de normas. El pecado nos remite al drama más hondo de la condición humana: creados para la comunión con Dios y para la fraternidad, experimentamos una herida interior, una inclinación que nos encierra en nosotros mismos. Somos criaturas valiosas, creadas por Dios a su imagen, y, al mismo tiempo, estamos marcados por la fragilidad. Somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ignorar esta paradoja conduce a una visión excesivamente optimista del ser humano o a un pesimismo estéril, pero nunca a la verdad que nos hace libres. 

Hoy, en nuestra sociedad, el pecado se presenta a menudo como algo apetecible e incluso recomendable, mientras que el pecador es rápidamente señalado y condenado. Frente a esa tendencia, Jesús nos enseña a combatir el pecado y a acoger al pecador. También trivializamos el pecado cuando valoramos nuestras acciones únicamente por la satisfacción inmediata que nos proporcionan, erigiéndonos en medida suprema de lo justo y olvidando el daño real que podemos causar a los hermanos, a la madre tierra o a nuestra relación con Dios. Esta actitud, que en el fondo repite la tentación originaria, nos encierra en nuestro egoísmo, nos impide amar con madurez, debilita el compromiso con el bien común y termina por fracturar la convivencia.

Finalmente, dejadme recordar algo esencial: Dios no nos abandona cuando pecamos; es más, «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rom 5,20). Pero cuando desaparece el sentido del pecado, nos privamos de experimentar con hondura el perdón de Dios, y el sacramento de la penitencia deja de ser un encuentro transformador para convertirse en algo prescindible. Y, sin embargo, es precisamente allí donde la gracia restaura, fortalece y abre caminos nuevos.

Un saludo muy cordial en el Señor.