Semblanza del sacerdote Gabriel Pérez Sánchez leída en su funeral por el delegado del Clero, el sacerdote José Emilio Cabra.

Semblanza del sacerdote D. Gabriel Pérez Sánchez
D. Gabriel Pérez durante su toma de posesión como vicario parroquial de la Victoria

Hasta hace poco tiempo, cuando terminaban los encuentros de los sacerdotes, un señor mayor, de pocas palabras y voz bajita, iba repartiéndonos a los compañeros estampas de María Auxiliadora. Los curas que nos íbamos incorporando al presbiterio conocíamos así a Gabriel, incansable en ese apostolado sencillo de la Virgen.

Gabriel había nacido en Algatocín, en lo profundo de nuestra Serranía, en 1932. Pronto habría cumplido noventa y cuatro años. Era el último hijo de Antonia e Ildefonso, que tuvieron, con él, catorce, aunque eran años duros y les sobrevivieron siete. No tuvo mucho tiempo el chaval Gabriel para contemplar extasiado los paisajes de su pueblo natal: su padre, Ildefonso, era guardia civil y la guerra sorprende a la familia en Fuente de Piedra. Gabriel ingresa en el Colegio Salesiano de Málaga, donde seguramente encontró el ambiente de familia y alegría que quería don Bosco para los suyos. Podemos imaginar cómo el día a día en aquellas aulas, las visitas a María Auxiliadora, el contacto con los padres salesianos, irían ilusionando el corazón de Gabriel, que entra en el noviciado de san José del Valle, en Cádiz, y profesa sin haber aún cumplido los dieciocho años, en 1950.

La familia de Gabriel recuerda con gratitud algunos detalles de aquellos años de formación: el jefe de la aduana de Málaga le costeó los estudios al joven Gabriel en aquellos tiempos de escasez. Su madre, mientras, echaba una mano en las obras de caridad parroquiales en el barrio de Capuchinos.

El 24 de junio de 1960, en Córdoba, Gabriel es ordenado sacerdote. Junio, en Córdoba... Su sobrina, que entonces tenía catorce añitos, todavía recuerda el calor que pasaron. Gabriel canta su primera misa en el patio del colegio salesiano de Málaga. Imaginamos el entusiasmo que despertaría en aquellos niños ver consagrar a uno que había sido de los suyos.

A partir de ahí, trabajo pastoral en las casas salesianas de Ronda, Málaga, Úbeda, Palma del Río, Siles y Córdoba. En 1974, Gabriel vuelve a su Serranía natal: el obispo don Ramón Buxarráis había pedido la ayuda de algún sacerdote para aquellos pueblos y Gabriel se encargará de Jubrique, Genalguacil y Algatocín. Los salesianos mantuvieron todavía durante años la presencia en Alpandeire, Júzcar y Faraján. Gabriel tendría tiempo ahora para contemplar los atardeceres de la Sierra. Y María Auxiliadora, en el colegio del Castillo de Ronda, no quedaba lejos.

Gabriel se incardina definitivamente en la diócesis en 1980, aunque estaréis de acuerdo conmigo en que su corazón nunca dejó de ser salesiano. Llegaron los nombramientos para Casares, la capellanía de Carlos Haya durante dieciséis años, y sobre todo, san Felipe, parroquia con la que como dice hoy la web diocesana Gabriel «forjó un vínculo pastoral inquebrantable», en distintas etapas, desde 1976, con el querido Isidro Rubiales, hasta 2016. Siendo un hombre de carácter, las cofradías supieron de su atención Gabriel era de los curas que no huía de los cabildos, así como los cooperadores salesianos, como él mismo, y los antiguos alumnos; de ellos fue consiliario y con ellos compartía la mesa frecuentemente y con gusto.

Gabriel daba la impresión de ser un hombre fiel a esas pequeñas devociones que dan seguridad a la vida: el apostolado de la estampa, que a él le costaba su buen dinero; las visitas inexcusables a María Auxiliadora, cada día 24 (los cooperadores dan fe: incluso en el Buen Samaritano, mientras le fue posible, preguntaba quién podía recogerlo en taxi para no faltar a la cita con la Virgen).

La vida de Gabriel ha sido larga y la salud se resentía. El paso por la Victoria y por Claret fue breve y llegó el momento de la acogida en la residencia del Buen Samaritano. No agradeceremos bastante el buen hacer de esa casa y la seguridad que nos ofrece a los curas que nos haremos mayores. Sobrinos, amigos salesianos y cofrades han acompañado el último tiempo de esta vida larga por la que hoy damos gracias al Señor.

Hoy es 24. No parece casualidad, y Gabriel tampoco lo entendería así: son las cosas de María Auxiliadora, que como Madre es la que acude en esta ocasión a la cita con su hijo fiel.

Él que tantas veces cantaría:

En las horas de lucha

sé mi consuelo,

y al dejar esta vida

llévame al cielo.

 

José Emilio Cabra Meléndez

24 de septiembre de 2026