En el marco de su Jubileo, una conferencia analiza su figura el 23 de abril.
Mons. Alberto J. González Chaves (Badajoz, 1970) es doctor en Teología Espiritual y Máster en Bioética por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Entre sus muchas hagiografías, ha escrito también la vida del beato Tiburcio Arnaiz, en una obra titulada “Padre Arnaiz: me he dado prisa en vivir”. El 23 de abril ofrece una conferencia sobre su figura en el marco del Jubileo que la Diócesis viene celebrando. Será a las 20.00 horas en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en la capital.
Como autor de numerosas vidas de santos, ¿qué aporta el beato Tiburcio Arnaiz como modelo de seguimiento del Señor? ¿Cuál es la “novedad” de este “santo”?
La santidad, en su esencia, no admite novedades: es siempre la misma vida de Cristo reproducida en el alma. Sin embargo, cada santo es una encarnación concreta, histórica, irrepetible de ese único Evangelio, y por eso puede hablarse de una “novedad” de acento, de tono, de forma. En el caso de Tiburcio Arnaiz, esa novedad es de una fuerza extraordinaria precisamente porque consiste en una vuelta radical a lo esencial.
Nos encontramos ante un sacerdote que ha sido interiormente conquistado por Cristo y que, desde ese momento, ya no se pertenece. Su vida no se organiza en torno a proyectos personales, ni a estrategias pastorales, ni siquiera a una cierta idea de eficacia apostólica, sino en torno a una disponibilidad absoluta al querer de Dios y a las necesidades de las almas.
Hay en él algo profundamente evangélico que impresiona: la ausencia total de cálculo. No mide, no dosifica, no se reserva. Vive en una lógica distinta, que es la del amor que se entrega sin condiciones. Y eso se traduce en una existencia concreta: largas horas de confesonario, predicación sencilla y ardiente, misiones populares recorridas con sacrificio, atención personal a cada alma con una delicadeza exquisita.
Su “novedad”, por tanto, no estriba en hacer cosas nuevas, sino en vivir con una intensidad nueva lo de siempre. En un tiempo como el nuestro, en el que la pastoral corre el riesgo de diluirse en lo organizativo, en lo funcional o en lo meramente sociológico, Tiburcio Arnaiz aparece como una llamada viva a recuperar el centro: la unión con Cristo como fuente de toda fecundidad.
Además, hay en él un rasgo muy elocuente: su profunda unidad interior. No hay fractura entre su vida de oración y su acción apostólica; no hay dualismo entre lo que cree y lo que vive. Todo en él brota de un mismo principio, que es el amor de Cristo, y esa unidad da a su vida una transparencia que resulta hoy especialmente necesaria.
Podríamos decir que su gran aportación es recordar, con la fuerza de una vida concreta, que el sacerdote —y todo cristiano— no está llamado a “hacer muchas cosas”, sino a ser de Dios, y desde ahí dejar que Dios actúe. Esa es su verdadera actualidad.
¿Es el suyo un espejo de santidad especialmente para los sacerdotes o también para los seglares?
La primera respuesta, casi espontánea, sería afirmar que el Beato Tiburcio Arnaiz es un modelo privilegiado para los sacerdotes. Y lo es, sin duda, de un modo clarísimo y exigente. En él se transparenta con una pureza admirable el ideal del ministerio sacerdotal: un hombre configurado con Cristo, sin doblez interior, profundamente unido al Señor, enteramente disponible para el servicio de las almas. Su vida interpela directamente a los sacerdotes: su amor al confesionario, su celo misionero, su pobreza personal, su capacidad de sacrificio, su cercanía concreta a cada persona... todo en él recuerda que el sacerdocio no es una función, ni una tarea, ni siquiera una misión entendida externamente, sino una forma de ser, una configuración ontológica con Jesucristo, de lo que se deriva una existencia entregada.
Pero detenerse ahí sería, en el fondo, reducir su figura. Porque lo que en él brilla no es solo el sacerdocio, sino el Evangelio vivido con radicalidad. Y eso pertenece a todos. Los seglares encuentran en Tiburcio Arnaiz una llamada muy concreta y exigente: la de vivir la fe de verdad. No como un añadido cultural o una referencia ocasional, sino como el centro de la vida. Él no vivió a medias, no negoció con el Evangelio, no rebajó la exigencia del amor. Y eso es profundamente interpelante para cualquier bautizado.
Además, su modo de tratar a las personas —cercano, respetuoso, lleno de caridad— ofrece un modelo de humanidad que trasciende cualquier estado de vida. Enseña a escuchar, a acompañar, a interesarse de verdad por el otro. En un mundo donde tantas relaciones son superficiales, esta dimensión resulta especialmente luminosa.
Hay, además, un aspecto eclesial de gran importancia: la fecundidad de su vida más allá de sí mismo. El Beato Tiburcio Arnaiz no fue un solitario; su santidad generó comunión, suscitó vocaciones, dio lugar a una familia espiritual. Las Misioneras de las Doctrinas Rurales, que continúan hoy su obra, son un signo precioso de ello: en ellas se hace visible cómo la santidad sacerdotal se abre y se prolonga en la vida consagrada y en la misión compartida con los seglares. En esa obra continúa el espíritu de Arnaiz: amor a Cristo, a la Iglesia y a las almas; sencillez evangélica; cercanía a los más necesitados.
Y, en un sentido más amplio, podríamos decir que Tiburcio Arnaiz es un espejo de la vocación universal a la santidad. Su vida muestra que no hay dos niveles de cristianismo —uno para unos pocos y otro para el resto—, sino una única llamada, que cada uno vive según su estado. Por eso, más que preguntarnos si es modelo para sacerdotes o para seglares, quizá habría que decir: es modelo para todo aquel que quiera tomarse en serio el Evangelio.
Si viviera hoy, no renunciaría a los medios actuales, pero no se dejaría absorber por ellos. Los usaría como instrumentos, nunca como fines
Su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, ¿cómo marca su vida y su obra? ¿En qué lo percibimos?
Si hubiera que buscar una clave interior que unifique toda la vida del Beato Tiburcio Arnaiz, esa clave sería, sin duda, el Corazón de Jesús. No como una devoción añadida, ni como un aspecto parcial de su espiritualidad, sino como el verdadero centro vital desde el que todo se ilumina y adquiere sentido.
El Corazón de Cristo —corazón traspasado, abierto, entregado— es para él no solo objeto de amor, sino forma de vida. Tiburcio Arnaiz no se limita a venerarlo: se deja configurar por él. Y esto es decisivo para entender su existencia.
En primer lugar, se percibe en su modo de mirar a las personas. El Corazón de Jesús es un corazón que ve más allá de las apariencias, que no se detiene en el pecado sino que alcanza a la persona, que descubre siempre una posibilidad de redención. Así Arnaiz: de ahí su paciencia inagotable en el confesionario, su cercanía a los más alejados, su empeño en buscar a todos.
En segundo lugar, se percibe en su compasión concreta. No se trata de un sentimiento vago, sino de una implicación real en el sufrimiento ajeno. El Corazón de Cristo es un corazón que “se conmueve”, que “se estremece”, que “se inclina”, y en Tiburcio Arnaiz encontramos esa misma sensibilidad sobrenatural: sabe sufrir con el que sufre, acompañar al que está solo, sostener al que cae.
En tercer lugar, se manifiesta en su capacidad de sacrificio. El amor al Corazón de Jesús le lleva a una vida austera, exigente, entregada sin reservas. No hay en él búsqueda de comodidad, ni de reconocimiento, ni de descanso entendido como evasión. Su descanso es cumplir la voluntad de Dios. Su medida es no tener medida. Y esto solo se explica desde una experiencia profunda de amor.
Además, su celo apostólico —tan característico— brota directamente de ahí. El Corazón de Cristo es un corazón misionero, que arde por la salvación de todos, y ese fuego se transmite en él con una fuerza contagiosa. No predica ideas: comunica un amor que le desborda.
Hay también un matiz muy importante: el Corazón de Jesús le da unidad interior. En él no hay dispersión, no hay fragmentación. Todo converge en ese centro: oración, acción, trato con las personas, sacrificio, descanso… todo queda integrado en una misma corriente de amor.
Y podríamos añadir aún algo más: su devoción al Corazón de Jesús tiene un carácter profundamente reparador. Vive con conciencia de un amor que no es correspondido y que pide ser acogido, consolado, reparado. Y eso da a su vida un tono de delicadeza espiritual muy particular: desea amar por los que no aman, acercar a los que se alejan, sostener la fidelidad donde flaquea.
En definitiva, en el Beato Tiburcio Arnaiz vemos cómo una auténtica devoción al Sagrado Corazón no se queda en prácticas externas, sino que transforma la vida entera, haciéndola reflejo vivo de ese amor divino.
Los santos no son un adorno, ni un motivo de orgullo local; son una palabra viva que interpela
¿Cómo “engancharía” a las nuevas generaciones con su figura, en un mundo de hiperconexión pero quizás menos pegado a esa tierra que solía caminar sin descanso este beato?
Convendría precisar el lenguaje: más que “enganchar”, que puede sugerir algo externo o incluso artificial, se trata de proponer su figura en toda su verdad y dejar que esa verdad, si es acogida, toque el corazón.
Los jóvenes de hoy viven en un contexto radicalmente distinto al de Tiburcio Arnaiz, pero el corazón humano no ha cambiado tanto: sigue teniendo sed de autenticidad, de verdad, de amor, de sentido. Y precisamente ahí es donde su figura puede resultar sorprendentemente actual.
En primer lugar, habría que mostrar su coherencia vital. En un mundo donde tantas veces se vive fragmentado —una cosa en las redes, otra en la vida real; una imagen hacia fuera, otra por dentro—, Tiburcio Arnaiz ofrece una existencia unificada. Él es el mismo en todo momento, porque vive desde un centro claro: Cristo. Esa unidad interior tiene hoy una fuerza de atracción enorme.
En segundo lugar, su vida puede interpelar por su radicalidad serena. No es un radicalismo ideológico ni agresivo, sino el de quien ha descubierto algo tan grande que lo relativiza todo lo demás. Los jóvenes, cuando perciben algo así, no lo rechazan; al contrario, se sienten profundamente atraídos, porque ven que ahí hay verdad.
En tercer lugar, habría que presentar su figura como una respuesta al vacío contemporáneo. Vivimos hiperconectados, sí, pero muchas veces profundamente solos; informados, pero no necesariamente formados; estimulados, pero no satisfechos. Tiburcio Arnaiz no tenía nada de eso, y sin embargo tenía lo esencial: una vida con sentido, con dirección, con plenitud interior. Mostrar esto con sencillez puede abrir preguntas muy profundas.
Además, su modo de actuar ofrece una clave muy actual: la cercanía personal. Él no evangelizaba desde la distancia, sino desde el encuentro. Hoy, en medio de tantas mediaciones digitales, el encuentro personal vuelve a adquirir un valor inmenso. Y ahí su estilo resulta profundamente inspirador.
También podría decirse que, si viviera hoy, no renunciaría a los medios actuales, pero no se dejaría absorber por ellos. Los usaría como instrumentos, nunca como fines. Seguiría “caminando”, aunque quizá sus caminos serían también interiores: ir al encuentro del que está perdido, del que duda, del que sufre, del que busca sin saberlo.
Y, por último, hay algo decisivo: su vida muestra que merece la pena entregarse del todo. Este es quizá el mensaje más fuerte para un joven: que no está llamado a una existencia mediocre, sino a una vida grande, plena, entregada. Tiburcio Arnaiz no vivió a medias, sino de verdad y plenamente, y eso tiene una fuerza de atracción que ninguna estrategia puede sustituir.
Su sepulcro es visitado diariamente por centenares de personas… ¿Cómo lo vive usted personalmente? ¿Y qué cree que significaría para Málaga su canonización?
Esa afluencia constante de fieles a su sepulcro es profundamente elocuente. No es un fenómeno meramente devocional en el sentido superficial del término, sino un signo de vida: la prueba de que la santidad, cuando es auténtica, sigue irradiando después de la muerte con una fuerza misteriosa pero real.
Personalmente, lo vivo con gratitud a Dios nuestro Señor. Ver cómo generaciones que no conocieron al Beato Tiburcio Arnaiz acuden a él con confianza, le hablan, le piden, le confían sus penas y sus esperanzas, es como asistir a una prolongación de su ministerio: el confesor incansable, el misionero cercano, el sacerdote entregado, sigue hoy escuchando, acogiendo, intercediendo. Eso no es obra humana: nadie puede “fabricar” una devoción así. Es Dios quien suscita en el corazón del pueblo ese reconocimiento espontáneo de la santidad.
Junto a la emoción y la gratitud, lo vivo con una esperanza serena y confiada: todo parece indicar que el Señor quiere seguir glorificando a su siervo. Esperamos, con fe, que pronto pueda ser aprobado el milagro necesario para su canonización; sería una gran alegría.
Aunque la canonización no “hace” santo a nadie: el santo ya lo es; la canonización es el reconocimiento oficial de la Iglesia, que propone esa vida como modelo seguro para todos los fieles. Y en ese sentido, el reconocimiento universal de Tiburcio Arnaiz sería de gran alcance.
Para Málaga significaría el don el de tener un intercesor reconocido universalmente, un referente claro, una figura que ilumina la identidad cristiana de la diócesis; y significaría también una llamada exigente. Los santos no son un adorno, ni un motivo de orgullo local; son una palabra viva que interpela. La canonización vendría a decir: esto es posible, esto es lo que estáis llamados a ser los católicos malacitanos, obligados a no rebajar el listón, a no contentaros con una fe tibia o acomodada.
En este contexto, es significativo que, en la misma diócesis, esté abierta la causa de María Isabel González del Valle. En ella contemplamos el rostro seglar de la santidad, que completa preciosamente el testimonio sacerdotal del Beato Tiburcio Arnaiz. También pido al Señor se digne obrar el milagro necesario para la beatificación de María Isabel.
Es hermoso y teológicamente elocuente que una Iglesia particular vea florecer simultáneamente la santidad en diversas vocaciones: sacerdotal, laical, consagrada. Es como si el Señor quisiera recordar la vocación universal a la santidad. Todo esto tiene un significado profundo: Dios sigue actuando. No es una realidad del pasado, ni un recuerdo: es una presencia viva. Los santos no pertenecen sólo a la historia, sino al "hoy" de Dios. Por eso, más allá de la legítima alegría que supondría la canonización, lo verdaderamente decisivo sería acoger su mensaje: que la vida entregada merece la pena, que el amor del Corazón de Cristo llena el corazón humano y que la santidad no es una excepción, sino una llamada universal.
