Tengo un hijo que es médico. Para más inri es geriatra. Como es natural, yo que soy un hipocondríaco confeso, cada vez que hablo con él, le comento una, la más reciente, de mis dolencias o alifafes, más propio de mi mente calenturienta o del estado de mi carné de identidad con una fecha escrita en números romanos.
Mi hijo después de escucharme pacientemente, me recomienda siempre lo mismo: paracetamol y mucha agua. Cuando intuye que hay algo más importante ya me envía directamente a mi querido médico de cabecera Pilar.
El Papa Francisco, que es más o menos de mi quinta, pero mucho más espabilado que yo, al que supongo le dolerán todos sus huesos y articulaciones y, sobre todo, el peso de los kilómetros recorridos, ha descubierto la píldora milagrosa, el manantial de la eterna juventud cordial, o el bálsamo de fierabrás quijotesco. Como a todos los mayores a Francisco le encanta pasarnos recetas a sus “colegas”. El otro día esgrimió una cajita que contenía cincuenta píldoras milagrosas engarzadas en forma de Rosario. Hace muchos, muchísimos años, mis padres, contagiados de los consejos radiofónicos del Padre Peyton, me aficionaron al rezo del mismo y en esa estamos.
Así que cada día, casi siempre mientras conduzco, hago un kit-kat con las preocupaciones de cada día y me acerco a la paz mientras disfruto de las cincuenta pastillitas… a mi estilo. Me va de cine. Se lo recomiendo.
