Deshilachar el alma de los niños, borrarles de la mente la importancia de un triunfo al futbolín o las peripecias de Pinocho, es delito de lesa humanidad.

¿Quién ha muerto?

La policía ha desmantelado una red de pornografía infantil con ramificaciones en casi toda España. Al parecer los implicados y traficantes son numerosos, lo que indica que se trataba de un excelente negocio. Supongo que el peso de la ley caerá con el máximo rigor sobre los beneficiarios de este crimen para cuya calificación faltan adjetivos en el diccionario de la lengua española.

Las sociedades pierden su razón de ser cuando se difuminan las fronteras entre el bien y el mal de manera que bueno y malo conviven en el mismo espacio moral, ignorantes de la razón que los separa.

Deshilachar el alma de los niños, borrarles de la mente la importancia de un triunfo al futbolín o las peripecias de Pinocho, es delito de lesa humanidad.

Nadie fulminó este pecado con mayor contundencia que Jesucristo: “más les valiera no haber nacido o que, con una piedra al cuello, los arrojaran a lo profundo del mar”

Esta sociedad sobrevive enferma de gravedad; pisotea las flores, se revuelca en las charcas y mata a los jilgueros. Occidente recibió antes que nadie, incluso de lo que indicaban las circunstancias geográficas, el amor del Evangelio. Y durante milenios llenó el mundo de catequistas y misioneros que se dejaron matar por Jesús de Nazaret. Y habló en su nombre, e hizo milagros. Ahora, como quiere Kurcio Malaparte, es una madre marchita, estéril, que empuerca a sus niños. Tienen –deben- venir de fuera a traernos otra vez la luz.

El dios del deshonor y el asco campea en libertad. ¿Quién ha muerto que aquí huele tan mal?