Sí, estamos en guerra, y no sabemos dónde empiezan y terminan los frentes.

El llanto de un niño

Cuando escribo esto, aún no se sabe si la explosión ocurrida en la planta productora de fertilizantes de Waco (Texas) ha sido accidental o el resultado de una actividad terrorista. El ciudadano medio estadounidense se desayunó con esta disyuntiva mientras todavía humeaban las “ollas” asesinas de Boston y a la vez que conocía el intento de envenenar al presidente Obama mediante cartas impregnadas de cierta sustancia química.

No olvidemos que EE.UU es la cabeza y el corazón económico-financiero de occidente. Y que el mundo ya no es otra cosa que un entramado de compra-venta sin más sin más ideales que la oferta y la demanda. O sea que, por aplicar un axioma muy al uso, si los americanos se acatarran nosotros agarramos una pulmonía. Como consecuencia, por primera vez en la Historia, estamos en una guerra solapada, sin frentes precisos, donde cada ser humano es un beligerante pasivo que ignora su patria o adscripción.

Durante los siglos las guerras han tenidos diferentes nombres: de fronteras, de sucesión, de secesión, de religión…. Esta que vivimos, cada vez más universal, habrá que llamarla “de avaricia”. Porque, sin duda, la pone en marcha la realidad de un mundo cruzado por la acumulación inagotable de unos pocos – no llega al cincuenta por ciento- que lo poseen todo y otra mitad que muere de hambre. Sobre ese terreno propicio siembra el fanatismo y la ignorancia a partes casi iguales. Si, estamos en guerra y no sabemos donde empiezan o terminan los frentes. Ni siquiera los generales de las tropas. Es más, ni siquiera hay tropas. Solo avaricia como queda dicho. Cruza el espacio de la batalla algo escurridizo, apátrida, que se llama capital financiero. El capital financiero no tiene sede fija, carece de de residencia, su factoría es el mundo. No ama, no llora… No oye el llanto de los niños ni ve el esplendor de una flor. Es necesario volver al amor y a su Fuente. Es preciso volver a Dios.