Otra integrante del “segmento de plata” que ha dado la talla hasta el final. Cuando la despedían llorosas sus “nietas” (cinco monjas encantadoras procedentes de la lejana India), sus hermanas y su madre (la abadesa), pude presenciar una entrañable imagen familia.
Hay familias en la que uno de sus integrantes desarrolla diversos roles que le hacen aun más imprescindible. Se nota mucho más su falta que la de aquellos que viven despreciando la institución familiar y presumiendo de independencia económica y personal.
El domingo acompañé a una familia en su dolor. Una familia muy especial. En ella solo conviven mujeres. Once damas que formaban un equipo de fútbol (sin suplentes) y que ahora se ha quedado sin un “crack”. Sus integrantes –como los equipos de campanillas- han nacido en España y en el extranjero.
Se trata de la Comunidad de Monjas Cistercienses del Atabal. Su hermana decana Sor Josefina de la Cruz, pasó a los brazos del Padre el pasado sábado, aunque intuyo que ya llevaba en ellos, física y espiritualmente, bastante tiempo. Los últimos años la he podido observar en el fondo del coro, quieta, esperando que le acercaran la comunión y con una sonrisa de oreja a oreja que nunca le faltaba.
Sor Josefina nació en un pueblecito de León (Mansilla de las Mulas) en 1925. Ochenta y ocho años de vida con los avatares propios de unos años difíciles para todos los españoles y sobre todo para una religiosa. Huérfana, de muy pequeña la recogió una tía que la crió. Tomó los hábitos a los 18 años, pero tuvo que abandonar el convento a causa de su salud deficiente. Se incorporó a la vida civil, se formó, y posteriormente se colocó como secretaria en Barcelona. A los 36 años decidió volver al convento de S. Bernardo de Málaga en calle de la Victoria, que finalmente se trasladó al Atabal.
Otra integrante del “segmento de plata” que ha dado la talla hasta el final. Cuando la despedían llorosas sus “nietas” (cinco monjas encantadoras procedentes de la lejana India), sus hermanas y su madre (la abadesa), pude presenciar una entrañable imagen familiar. Vi como la besaban “de verdad” y lloraban la perdida de “la abuelita”.
Vamos a echar de menos a la hermana Josefina de la Cruz. Las de dentro del convento y los que estamos fuera de él. Josefina fue un testimonio vivo de oración, tal como la describe Unamuno: “La verdadera oración no consiste en recogerse a una hora dada a proferir palabras orales o mentales, sino que es un modo religioso de hacerlo todo, y así se come, se bebe, se pasea, se divierte, se escribe, se trabaja y hasta se duerme oracionalmente, todo es oración”.
Yo añadiría en el caso de Josefina, hasta su muerte ha sido oración. Para ella y para nosotros.
