Si la felicidad la apreciáramos en todos los pequeños detalles diarios de la vida el mundo sería más amable.

El valor de lo cotidiano

El canto de los pájaros, la brisa suave, el continuo rumor del agua de la lluvia, el color aterciopelado del cielo, la sonrisa de un bebé, la mirada cómplice de la persona que amas, la ayuda limpia del amigo, el respeto exquisito a la libertad que experimentas en tu familia o las pequeñas flores que piden paso en esta bellísima primavera son algunos ejemplos.

A ver si nos enteramos: aunque las cosas estén mal, cada amanecer sigue sorprendiéndonos y dándonos una oportunidad para vivir. Que sí, que hay quien vive mal, pero ¿qué le hacemos? ¿Nos cogemos todos de la mano y nos metemos en un saco de desesperación, asfixia y estrechez?
Hay que salir a la calle y mirar al cielo; pensar en el futuro y creer en el presente afrontando los retos que la vida nos pone por delante confiando en la Providencia, con un corazón grande y valorando los pequeños detalles con los que la existencia nos salpica y que, con cierta frecuencia, olvidamos porque estamos insertos en una dinámica de o bien no parar o bien de no hacer.

La contemplación de la creación de Dios, de los pequeños gestos de amabilidad, misericordia o ternura que podemos descubrir en los demás es un ejercicio muy sano que nos sitúa casi sin darnos cuenta en las antípodas de la desesperación y la tristeza. No pretendas que tu vida cambie de la noche a la mañana si vives sólo preocupado por el tener más y el vivir mejor a costa de tener y tener. Hay quienes viven tan ocupados en el hacer o el tener que olvidan el ser. Y entonces entran en una espiral de desesperación que les lleva al colapso. Se trata de vivir. Recuerda: de vivir desde lo sencillo, desde lo pequeño, desde el disfrute de la contemplación de lo que nos rodea. Y será entonces, cuando casi sin darte cuenta, experimentes la plenitud vital.