¿Servirá la Resurrección de Cristo de inspiración a sus discípulos para darle la vuelta de nuevo al mundo, con la misma convicción que aquella primera vez?

El reto de la Resurrección

La Resurrección de Jesús, el episodio que los cristianos celebran durante los cincuenta días de Pascua como argumento esencial de su identidad, constituye un verdadero reto para la razón, pero también (tan ligado van lo uno y lo otro) para la fe. Más allá del dogma y del magisterio de la Iglesia, aceptar sin reservas semejante triunfo sobre la muerte, sin sombra alguna de duda ni objeción, se antoja un don reservado a inteligencias no humanas. ¿Cuántos de quienes se dicen cristianos pondrían la mano en el fuego por lo que dicen, tal cual, los Evangelios al respecto? ¿No asistiríamos a un panorama muy distinto si así fuera? Es más, ¿por qué la Pasión y Muerte de Cristo convoca cada Semana Santa a miles de personas en las calles y luego muchos párrocos tienen que hacer verdaderas campañas para que acuda alguien a la Vigilia Pascual? Hay una explicación: la Resurrección es un fenómeno inasumible. No se puede pensar, ni medir, ni calibrar. Escapa a cualquier precepto de la razón pero también a la fe más voluntariosa, sencillamente porque ni el cerebro ni el corazón humanos pueden digerir algo así. El eje del Cristianismo, su primera verdad, es un axioma que debe tragarse en crudo: o lo tomas, o lo dejas. Pero nunca constituye un plato fácil. En los primeros siglos de nuestra era, esta dificultad se tradujo en numerosas herejías que pretendían allanar el camino, explicarlo de algún modo, reducir tal exigencia para que su predicación pudiera ser más sencilla. Pero el Credo se ha mantenido inalterable desde su primera formulación: creer en Cristo Resucitado no es creer en fantasmas, ni en reencarnaciones, ni en la transmigración de las almas. Es creer en Cristo Resucitado.

En los últimos años, el conocimiento científico ha intentado arrojar luz al respecto. Y siempre lo ha hecho, inevitablemente, desde la premisa de que Jesús no pudo resucitar. Todo apunta, incluso, a la veracidad de esta hipótesis: los reos condenados a la pena de la crucifixión terminaban muriendo por lo general después de dos o tres días de suplicio, mientras que Cristo, a tenor de los mismos Evangelios, apenas estuvo ocho horas en la cruz. Las resurrecciones eran frecuentes: muchas veces los sentenciados perdían el conocimiento y entonces eran descolgados. A veces podían recibir una lanzada a modo de tiro de gracia, otras quedaban simplemente abandonados a su suerte. Pero si alguien los recogía, podían llegar a reponerse. El cuerpo de Cristo fue trasladado a un sepulcro, donde, una vez tumbado sobre la piedra, el flujo sanguíneo pudo volver a regar su cerebro. Resultaría lógico que sus mismos discípulos le protegieran luego al anunciar que había subido a los Cielos. Seguramente entonces debió Jesús abandonar Jerusalén y por supuesto Judea. Hay testimonios que le sitúan en Cachemira, donde pudo recibir sepultura muchos años después. Otras figuras clave de la Historia como Pitágoras y Apolonio de Tiana, que fue contemporáneo de Cristo, también aparecen envueltas en rumores de resurrección y sanaciones milagrosas.

Pongamos en una balanza lo uno y lo otro, lo que la ciencia acepta y lo que la fe quiere llegar a comprender. Entre ambos existe una evidencia: en el siglo I, un puñado de personas de nula influencia social, pertenecientes a las clases más desfavorecidas (incluidas algunas mujeres), a las que le estaban cerrados todos los púlpitos y que vivían como una comunidad de creyentes en la más absoluta clandestinidad, llevaron a cabo una empresa que en muy poco tiempo dio la vuelta a la civilización. Sólo algunos años después de la predicación de Cristo ya había comunidades cristianas bien organizadas en Roma. La persecución contra ellos era implacable, pero, movidos por la esperanza que San Juan plasmó en el Apocalipsis, los cristianos lograron no sólo sobrevivir y establecerse sino imponerse al mismo Imperio, que terminó siendo cristiano, en apenas tres siglos. Nunca en la Historia se ha producido un suceso semejante: otros líderes religiosos lograron movilizar a poblaciones masivas, pero ninguno tuvo que hundir al Imperio más poderoso de la Antigüedad. ¿Qué ocurrió para que desde un germen tan improbable como un grupo de discípulos asustadizos el devenir del hombre cobrara tal rumbo? ¿Qué acontecimiento es capaz de imprimir una fuerza de tal envergadura, una predicación que terminara conquistando a todo el mundo conocido? ¿Bastaría la resurrección de un hombre? Algo decididamente inabarcable tuvo que suceder. Algo por lo que quienes lo compartieron estuvieron dispuestos a entregar la vida.

De modo que hoy, lo verdaderamente importante no es tanto la Resurrección de Cristo, sino el testimonio de la misma. ¿Qué podemos los cristianos de hoy decir sobre el asunto? El mundo del presente no se diferencia mucho de aquél al que se lanzaron los apóstoles. El capitalismo, el nuevo Imperio, ha creado una minoría cada vez más privilegiada y una abrumadora mayoría cada vez más empobrecida y desprovista de derechos, en un sistema económico que vuelve a cimentarse en la esclavitud, la misma que erradicaron los primeros cristianos de Europa movidos por su convicción de fraternidad. ¿Servirá la Resurrección de Cristo de inspiración a sus discípulos para darle la vuelta de nuevo al mundo, con la misma convicción que aquella primera vez? ¿Qué testimonio, al cabo, estamos dispuestos a dar?