Estamos como estábamos; unos, mirando al soslayo sobre el hambre y la miseria de los que sufren tanto en el llamado tercer mundo como en el mismo primero. Otros a punto de hacer estallar la Tierra.
Corea del Norte juega al victimismo. Es la fórmula habitual de los sistemas totalitarios para sobrevivir. Corea del Norte es un superviviente nato; el retazo de cierto pasado que propuso la redención de la humanidad mediante una determinada forma de hacer política. No resalto al comunismo como un cúmulo de males y al liberalismo y la socialdemocracia como todo lo contrario. Aquello es materialismo. Esto también. Vivimos una cultura occidental donde sólo el poder adquisitivo define al ser humano. En el otro lado, el Estado establece los valores y hasta las biografías de los individuos; con lo que ahorra compra juguetes atómicos para ahuyentar algún hipotético enemigo. Pero no existen enemigos excepto los que se derivan de la misma naturaleza del sistema.
El comunismo necesita vivir en emergencia permanente o se desintegra. Nadie comprendió mejor que Lenin ese aspecto de la propuesta marxista. La angustia del ataque mantiene la alerta; solo una vida de trinchera impide pensar en ese mañana venturoso que no acaba de llegar. El comunismo sigue esperando, en medio de la cárcel, la aparición “del hombre nuevo” , aquel que, como dijo el poeta Gradov, vive pendiente del bienestar de todos los demás. En realidad es el mundo el que vive encallado en un contrasentido, en una especie de antigüedad revestida de progresismo. O se es liberal-socialdemocrata o comunista. Los dos sistemas nacieron en el siglo XIX y se les nota la vejez por todas partes. Nada hay moderno. Nada hay ilusionante. Los sistema políticos, atravesados por la corrupción y sus propios andrajos, se deshacen ante el escepticismo de las nuevas generaciones que no creen en ellos, que ni siquiera los comprenden.
Tanto el liberalismo como el socialismo real se presentaron como la buena nueva de un futuro que había roto definitivamente las ataduras supersticiosas del pasado. Estamos como estábamos; unos, mirando al soslayo sobre el hambre y la miseria de los que sufren tanto en el llamado tercer mundo como en el mismo primero. Otros a punto de hacer estallar la Tierra. Es el corazón, el “yo” profundo del hombre el que debe cambiar. Sólo Jesus puede hacerlo.
