La Semana Santa, como todas las cosas que se viven con interés, deja un poso de experiencias que la velocidad de nuestra época convierte en recuerdos imprecisos.

Nostalgia

De las celebraciones que se han ido queda en mi mente una frase que tardaré en olvidar. Fue el domingo de Ramos; Cierta radio local transmitía el paso de la “Pollinica” El locutor daba fin al reportaje preguntando a los niños su opinión sobre Jesús. Contestaron muchas cosas, todas, claro, parecidas, pero, de pronto, una niña rompiendo la rutina, dijo, «era un hombre que quería irse al cielo con su papá». Me interesó mucho. La niña acababa de resaltar un aspecto de la persona del Señor que subraya, como pocas, su radical humanidad: la nostalgia. El ser humano vive en permanente nostalgia; en la zozobra de un recuerdo indefinido que no sabe interpretar. Es el vacío del Paraíso; Vivimos atrapados por las paredes del tiempo. Y soñamos enlazar el futuro con un pasado ancestral que, inconscientemente, evocamos feliz.

Recuerdo aquel fragmento de la oración transcrita por san Juan en el capitulo 17 de su Evangelio: «Padre, ilumíname con aquella gloria que tuve contigo antes de que el mundo fuese». Sí; el hombre vive en un flas del tiempo. Lo indican aquellos versos quevedescos: «Ayer se ha ido. Mañana no ha llegado. Yo soy un hoy que está cansado». 

La permanente inquietud humana, aquella que genera su continuo movimiento, es pura nostalgia. Jesús pide al Padre la gloria que se eclipsó sobre Él cuando fue engendrado como hombre verdadero. Aquella niñita del domingo de Ramos me dio una lección de teología.