En su entrada en Jerusalén, Jesús de Nazaret es aclamado por la multitud al modo en que los ángeles en la noche del nacimiento anunciaran: «Paz en el cielo, gloria al Altísimo» (Lc. 19,38). Entre cantos de alegría leemos en el Evangelio que «la multitud delante y detrás de Él aclama: ¡Hosanna al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Señor». (Mt 21,9).

Domingo de Ramos

En su Entrada Triunfal en Jerusalén, cada domingo de Ramos descubrimos al Nazareno pisando la ciudad de Jerusalén con la autoridad del rey cercano que requisa los medios de transporte para su desplazamiento.  Y la Iglesia Católica de la mano de la liturgia y de la imaginería lo recrea. En las Misas de hoy se volverá a realizar una procesión de palmas y olivos y las hermandades y cofradías de nuestra tierra volverán a presentar a Jesús a lomos de una borriquita.  Y lo presentarán como un rey humilde: el pueblo lo sabe, lo siente, lo detecta.  Y el pueblo lo hace suyo, lo arropa y aclama entre palmas y ramos de olivos; entre júbilo y alabanzas.

Jerusalén estaba alborotada. Se estremecen las entrañas de la ciudad como si la tierra rugiese, como si se revolviera a causa de un terremoto intuyendo la muerte de Cristo.  Con la celebración del Domingo de Ramos se abre una puerta excepcional al misterio de la fe cristiana.