Dicen que los jóvenes fuman para escapar de lo habitual y toman pastillas que les sacan de la realidad, y beben para no sentir sino para sentirse y buscan en la masa la protección que les niega la familia y el amor.
En una esquina de página de sociedad, casi oculto entre las muchas notas del día, aparece una especie de recuento para deducir el número de jóvenes que han participado en el llamado macro-botellón de Granada. Serian unos quince mil. La referencia agrega que, entre ellos, habría un número importante de menores. Quince mil, dieciocho… ¡Que más da! El número solo afecta al volumen y los volúmenes son eso, cantidades no cualidades. Lo que haya bajo la frialdad de un guarismo no lo sabe nadie. Porque el ser humano es esencialmente heterogéneo, irreductible a la suma; nadie puede sumar heterogeneidades, lo explica la aritmética y lo confirma el mundo insondable de los sentimientos. ¿Qué está pasando?
Dicen que los jóvenes fuman para escapar de lo habitual y toman pastillas que les sacan de la realidad, y beben para no sentir sino para sentirse y buscan en la masa la protección que les niega la familia y el amor. Este mundo nuestro ha generado la cultura de la frialdad, del individualismo feroz, del amor episódico; en consecuencia, sus individuos más jóvenes- más débiles- buscan el calor de la manada. La manada es más confortadora y confortable que la soledad a campo abierto. Y el amor se convierte en compañerismo fortuito. Solo eso. En la manada nadie es sujeto-objeto de confidencias duraderas.
Quizá por una noche, por una jornada en la que huyes del frío, rompes el témpano de la existencia en la que te han obligado a vivir, a competir pero no a convivir. Erich From, el sicólogo de la modernidad, escribió un libro que aparece solitario en los anaqueles de algunas bibliotecas. Se llama “El arte de amar” Sigue considerando al amor como algo precioso que debe pulirse, perfilarse, como un arte en fin, un arte, no una artesanía. Pero, ya digo, Erich From tirita en el anaquel de alguna biblioteca solitaria.
