Recorremos el camino desde el Domingo de Ramos al Domingo de Resurrección, de la mano del sacerdote diocesano Alfonso Crespo, párroco de San Pedro (Málaga).
DOMINGO DE RAMOS
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
Este grito resonó a las puertas de la ciudad santa de Jerusalén y como un eco fue llevado por los correveidiles de la villa al palacio de Herodes y a la casa del Gobernador Pilatos. Estos con sorna dirían: ¡Ya tenemos otro profeta! Sin embargo, la inquietud se sembró en todo el pueblo. Y hasta los más indiferentes preguntaban ¿Quién es éste? ¡Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea! respondían entre el entusiasmo y la desgana.
Jerusalén, es para el pueblo de Israel la ciudad santa, porque en ella se encuentra el templo, lugar de adoración del único Dios que ha constituido y elegido para sí a un pueblo. Se comprende por tanto la expectación ante el grito de que alguien se atreve a decir que viene “en nombre del Señor”. El pueblo se pregunta: ¿Será el Mesías esperado?
Sin embargo, los signos externos que acompañan a esta procesión no son de poder y fuerza: Jesús entra a lomos de una borriquilla, despreciando la gallardía guerrera del caballo; es escoltado por niños y gente sencilla con palmas y olivo, rehuyendo los escudos y las lanzas; y el grito de guerra, es un grito de paz: ¡Paz en la tierra y gloria en el cielo! Los timoratos de siempre, los entendidos, pretenden poner las cosas en su sitio y piden que Jesús controle a los exaltados... Pero el mismo Jesús reclama en este día de triunfo el coro de los limpios de corazón: “Os digo que si estos callan, gritarán las piedras”.
Pero Jerusalén es también la ciudad que mató a sus profetas, que se entregó a los ídolos extranjeros y se olvidó de su Dios. Y a Jerusalén sube Jesús, sabiendo lo que le esperaba. El mismo pueblo que hoy le aplaude y vitorea, mañana convertirá sus gritos en una consigna cruel: ¡Crucifícale, Crucifícale..! En este Domingo de Ramos nuestro pueblo se echará a las calles para contemplar la procesión más alegre y familiar de todas: Jesús, a lomos de una pollinica, entra triunfalmente en Jerusalén. El movimiento rítmico de la palmera que corona el trono dirigirá, como una batuta imaginaria, las voces blancas de los niños que recuerdan, a cara descubierta y con batir de las palmas y los olivos, el eco de aquel coro cargado de ternura: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!”
En este pórtico de la Semana Santa, cada uno de nosotros estamos invitados a acoger a Jesús en nuestro corazón con palmas de amor y olivos de gratitud por la salvación que nos viene de Dios. Gritemos, también nosotros como los niños, nuestra alegría. Porque si los cristianos de Málaga callamos, de seguro que gritarán las piedras milenarias de nuestra ciudad.
JUEVES SANTO
¡No hay mayor amor...!
El profeta Isaías susurra al pueblo de Israel: “Acuérdate de lo que Dios ha hecho en favor tuyo...” El Jueves Santo es un día de memorias, día de recuerdos que suscitan gratitud para los cristianos: día de la Eucaristía, día del Sacerdocio y día del Mandamiento Nuevo: ¡un derroche de amor! Imaginemos la escena. Atardece y todo está preparado para la cena de Pascua, según lo había mandado el Maestro. Los comensales entran en la habitación bien dispuesta: Jesús, los discípulos, su madre y las santas mujeres, con un cruce de miradas expectante. Sentados “alrededor de tu Mesa, Señor”, es el momento de la intimidad: “nadie tiene más amor que quien da la vida por sus amigos: ¡vosotros sois mis amigos!”. Tiempo de anuncios: “Os perseguirán... os dispersaréis, pero os congregará de nuevo el Espíritu”. Pero tiempo, también, de consuelo: “Estaré con vosotros hasta el fin del mundo”.
Durante siglos, el único rito que la comunidad celebraba el Jueves Santo era el lavatorio de los pies. Jesús lo dejó establecido: “haced lo que yo he hecho”. Pero más que la repetición del gesto lo que Él quería que se mantuviese es su sentido profundo: vivir en actitud de servicio. Más aún, servir a ejemplo del Señor que hizo el gesto de los esclavos: ponerse a los pies del que me necesita. El Jueves Santo nos pone a los cristianos al lado del sufriente, del sin esperanza, del solitario, del amenazado por la muerte antes incluso de nacer, del que arrastra su vida sin razones para la alegría. Son los que hoy necesitan que sus pies sean lavados, siguiendo el ejemplo del Maestro.
Y para que sea posible tanta entrega, el Señor nos deja el alimento de la vida: “Este es mi Cuerpo que se entrega. Tomad y comed”. Ahí está la fuerza que hace realizable las utopías: no vivir para sí mismo sino entregado a todos, al ejemplo de Jesucristo. La Eucaristía es la fuente del amor: Dios nos entrega a su Hijo, que se hace alimento para la vida y que nos empuja a amar a todos como él nos ama. Jueves Santo, celebración del Amor que se entrega en la Eucaristía y que se derrama en amor fraterno. La Adoración ante el Santísimo en el Monumento de nuestras iglesias, es expresión de una fe que nos lleva a adorar como único Señor al “Amor de los amores, encerrado en un Sagrario”. Cada Jueves Santo, el pueblo sale expectante a contemplar el trono que congrega más figuras: la Última Cena. Y cada noche, se oye la pregunta inocentemente curiosa del niño que pregunta a su madre ¿quién de los comensales es Judas? Y la respuesta se convierte en compromiso. ¡No seré yo, mi Señor, quien te traicione!
VIERNES SANTO
El escándalo de la cruz, la soledad de un sepulcro
Decía San Agustín: “Nosotros sabemos y creemos con fe certísima que Cristo murió por nosotros una sola vez […]. Sabéis perfectamente que todo ello ocurrió una sola vez y, sin embargo, la solemnidad lo renueva periódicamente […]. Verdad histórica y solemnidad litúrgica no se oponen, como si la segunda fuera falsa y sólo verdadera la primera. Aquello que la historia afirma que ocurrió en la realidad una sola vez, la solemnidad lo renueva a menudo en el corazón de los fieles mediante la celebración”. Y así es. La celebración de la Iglesia se vuelve hoy austera. En los Oficios del Viernes Santo, no se celebra la Eucaristía. Pero la comunidad se acoge a la Palabra de Dios para romper el silencio y a la contemplación y adoración de la Cruz para aliviar su soledad. Y para mitigar el hambre de vida, sacará del sagrario oculto del Amor el pan que nos da la vida eterna. Comunión que sostiene nuestro caminar hasta la noche de Pascua.
Cada primavera, bajo la redonda mirada de la luna de Nisán, nuestra ciudad y nuestros pueblos se vuelven taciturnos a la espera del Viernes Santo. Concluye el ajetreo, se ejecuta la sentencia: Cristo es clavado en la Cruz. El bullicio de una semana, en la que hemos corrido del Palacio de Herodes al Pretorio de Pilatos, del Cenáculo intimo a la soledad del Huerto de los Olivos; días, en los que hemos buscado inquietos la aparición de la imagen del Cristo de nuestra devoción, y nos hemos dejado consolar por la mirada rota de dolor, pero también con ojos de esperanza, de la imagen de la Virgen que concita mi amor, de pronto se pliega en silencio: Cristo es Crucificado. Muere abrazado a la Cruz.
Y todo muerto debe ser enterrado. Sin ninguna consigna ensayada, el pueblo, de pie, verá pasar sobre la fría losa del sepulcro, el cuerpo macilento del muerto más famoso de la historia. La música se vuelve grave, las velas más cimbreantes, como alargando la sombra de la muerte que envuelve al Hijo de Dios. Le contemplamos, entre llanto y emoción contenida, yacente, paseado solemnemente en la soledad de un sepulcro. Solo acompañado, a discreta distancia, por la Amargura, los Dolores, el Amor, la Soledad de su Madre, entregada a los pies de la Cruz a la custodia del discípulo amado. Pero tanto dolor y muerte serán transformados en vida, en eclosión de vida, en ese día luminoso de la Pascua de Resurrección. No puede el vientre de la tierra ocultar al Sol que la ilumina. Y entonces, María de la Soledad será también la Señora triunfal de los Ángeles en la mañana de la Resurrección.
DOMINGO DE RESURRECCIÓN. La "fiesta de las fiestas"
En la mañana del domingo de Pascua, con el eco aún de la Pasión, de nuevo iremos presurosos al sepulcro y como María Magdalena gritaremos: ¡Se han llevado del sepulcro al Señor! Pero el ángel de vestidura blanca se cruzará en el camino de nuestra fe y nos susurrará: hoy es Fiesta porque al Señor, al que crucificasteis con vuestro pecado y condenasteis al olvido del sepulcro, le ha resucitado su Padre Dios.
Hoy es fiesta, “la fiesta de las fiestas”, porque el Maestro y Señor está vivo, ha resucitado, “como lo había anunciado”. Así, se llama a la Pascua en una antigua liturgia oriental: “fiesta de las fiestas”. Sólo en ella, se puede fundar cualquier otra fiesta verdadera. Si no hay resurrección, la muerte seguiría teniendo la última palabra, y las fiestas de los hombres terminarían tarde o temprano en el sabor amargo de una muerte amenazadora. La Pascua es “la alegría inmensa” de experimentar el perdón insondable e incondicional de Dios, que vence al pecado con el amor, a la muerte con la vida.
Al sepultar a Cristo el Señor, la humanidad entera había enterrado su esperanza. Si el Señor de la vida permanece en el olvido de la muerte ¿quién puede abrir ya un horizonte de ilusión al vivir cotidiano de cada ser humano? Si nuestro pecado sepultó a Cristo, el auténtico pecado consistiría en no creer ni confiar suficientemente en la Resurrección de Cristo: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”, afirmará rotundamente san Pablo. Desde la Resurrección de Cristo no vivimos bajo la amenaza de la fuerza del pecado, sino cobijados bajo la esperanza de una vida eterna anunciada para todos. Por eso, nadie ha de ser excluido de esta fiesta de Pascua. Ella nos revela la verdad última, que quita el velo al misterio insondable de la existencia: la vida tiene sentido porque el Resucitado nos ha abierto la puerta de una vida más allá de la muerte: una vida eterna. Como dice el apóstol Pablo: ¡Ya nada puede separarnos del amor de Dios! La Pascua es una invitación a vivir “en estado de fiesta permanente”, aún en medio de las dificultades y problemas que nos agobian.
El camino austero y contenido de la Cuaresma estalla en alborada de luz y vida en la Vigilia de Pascua. El domingo, día del Señor, saldremos a la calle a saludar a Cristo Resucitado, Cristo victorioso que aúna todos los colores de la Semana de Pasión en una procesión de gloria. Durante cincuenta días nos repetiremos como una consigna el grito pascual: ¡Aleluya, el Señor ha resucitado! ¡Que la noticia, hermanos, corra como un reguero de pólvora que inunde de paz y alegría al mundo entero! Hoy, más que nunca, estamos llamados a revestir nuestro rostro de la alegría de la Pascua: Cristo ha resucitado: ¡Felices Pascuas! Es nuestra gran fiesta, la fiesta de las fiestas.
TIEMPO PASCUAL
Oid el magnífico pregón: ¡Aleluya!
¡Aleluya! es el grito que rompió el velo de las tinieblas para que la luz brotase a borbotones en la noche de la Pascua. ¡Aleluya!, grito de sorpresa: la Vida ha vencido a la muerte, y se pasea entre cánticos de gozo. ¡Aleluya!, grito de alegría: el vacío del sepulcro es el signo luminoso de su presencia: ¡Ha resucitado y la alegría ilumina nuestro rostro! ¡Aleluya!, grito de esperanza: el dolor ya no es la antesala de la muerte, es sólo un paso al encuentro jubiloso con Dios. ¡La muerte no tiene la última palabra, la vida florece por doquier! ¡Aleluya!, grito de amor: el silencio del desamor humano ha saltado en pedazos ante el grito de amor del Padre por su Hijo: ¡Dios le ha resucitado, nada puede separarnos de su amor! ¡Aleluya, es el grito... Aleluya, es nuestro grito... Porque cada uno participamos de este gozo: ¡Resucitó por mí, porque murió por mí! Y ahora, caminemos con la frente alta: somos un pueblo redimido y salvado. No tenemos que esconder nuestro rostro ante la culpa que suponía haber entregado a la muerte al mejor de los mortales, Hijo de Dios. Dios, el Señor de la vida, ha resucitado a su Hijo y nos lo entrega de nuevo como Hermano.
¡Aleluya! es el grito, que oiremos en las fiestas de la Pascua hasta el día también grandioso de Pentecostés, cuando el Resucitado conviene que se marche para que venga el Espíritu, que nos lo mostrará todo y nos adentrará en la compañía amable de la Iglesia que nos conduce al Reino de Dios.
Cuarenta días, medidos con el egoísmo del pecado y la humanidad caída, duró nuestra Cuaresma de dolor, arrepentimiento y austeridad... Cincuenta días medidos con el tiempo de la eternidad de la Resurrección durará este tiempo de Pascua para gritar desde una fe viva: ¡Aleluya, Cristo el Señor ha resucitado. Aleluya! Pero, el Resucitado no es un fantasma. Cristo Resucitado se hace más cercano aún al hombre: junto al mar, parece un ribereño; en el huerto del sepulcro, un hortelano; en el camino de Emaús, un viajero solitario. El Resucitado, que un día compartió la historia humana en el cuerpo frágil de Jesús de Nazaret, sigue vivo y encarnado entre nosotros y podemos aún reconocerlo cada día en el misterio oculto de la Eucaristía y, también, en la humanidad del pobre y desvalido. ¡Aleluya! es el pregón y el eco de nuestra Iglesia.
