Acabo de oír en una famosa tertulia radiofónica que Francisco viene a cambiarlo todo. Es un papa progresista que echará fuera todo lo que de superfluo tiene el catolicismo actual.
Quizá sea el afán de novedad que tiene nuestro mundo. Quizá. Esta cultura contemporánea se ahoga en lo anodino: «conozco ten bien mi futuro que es como si fuera pasado» dice aquel personaje literario inolvidable. No sé, pero ningún analista ha sabido explicar las razones del entusiasmo que despierta el papa Francisco. Algunos afirman que, según vaticinios de San Malaquías y de otros santones supuestamente proféticos, este papa es el penúltimo de la Historia. Por lo tanto, no tardaremos en llegar al fin de los tiempos.
Con nada se ha especulado tanto a través de los siglos como con el Apocalipsis. Olvidamos, por lo tanto, un detalle significativo; Jesús, el Señor, dejó muy claro que esos tiempos, los finales, están sólo en la mente de Dios: «El Padre los puso en su sola voluntad». No sabemos, por lo tanto, el día ni la hora. Pero, dejando atrás todo esto, queda el incuestionable entusiasmo al que me refiero. Acabo de oír en una famosa tertulia radiofónica que Francisco viene a cambiarlo todo. Es un papa progresista que echará fuera todo lo que de superfluo tiene el catolicismo actual.
Hace tiempo que intento deslindar lo conservador de lo progresista. No lo consigo. ¿El aborto, por ejemplo, es progresista? Si es así, estoy convencido de que ni este papa ni ningún otro podrá alterar el legado recibido. Ningún papa ha inventado nada esencial. Sólo tiene en sus manos un legado: Dios, aquel que la Iglesia, no sólo el papa, «ha recibido devotamente, guarda celosamente y transmite fielmente». Eso es así por muchos progresistas o conservadores que se vayan sucediendo a lo largo de los siglos. Eso es así hasta que el último Pedro liberal, conservador o progresista cierre el último cónclave. Nadie tiene potestad para cambiar lo que nos suyo. Y el legado de Dios solo es de Dios.
