Latinoamérica es un mosaico de sociedades nacidas al amparo de la injusticia. O sea, planificadas y sostenidas por el imperio de los más fuertes.
La muerte de Hugo Chávez exige una teatralización de ritos fúnebres que, por decirlo así, forman parte del guión. Cada caudillo necesita un funeral especial que presente muy en vivo el vacio del “insustituible”.
Gran parte de Latinoamérica llora estos días la ausencia de Chaves. El dolor, más o menos instrumentalizado, suele dar buenos resultados durante los procesos sucesorios. Y en esta ocasión se está poniendo en práctica a todo volumen. Los chavistas han echado mano a lo que pudiéramos llamar el victimismo reivindicativo. Las palabras de Maduro, el lugarteniente de Chaves, denunciando la existencia de agentes norteamericanos que inocularon el cáncer en los pulmones del “comandante”, es prueba de ello.
El caudillaje es tan antiguo como las cavernas. Poco a poco, el conductor de la tribu, el “guía” del pueblo, fue transformándose en institución y, de esta forma, la humanidad racionalizó algo que se llama “Estado”, “Gobierno”… en el contexto de las naciones y de las patrias. Cuando las Instituciones se pudren en manos de la codicia, las gentes vuelven atrás; se sienten prisioneras de las leyes coactivas e inmisericordes; sufren, en fin, el despotismo de los que, al amparo de cien códigos injustos, imponen sociedades sin equilibrio.
Latinoamérica es un mosaico de sociedades nacidas al amparo de la injusticia. O sea, planificadas y sostenidas por el imperio de los más fuertes. Es el solar perfecto para el florecimiento de “los Chavez”. Así ha sido y así será mientras en el corazón humano anide el egoísmo.
Lo que pueda suceder en Venezuela nadie lo sabe. Una vez más, es necesario pedir y desear el establecimiento de la razón, el entendimiento y de eso que se llama el imperio del bien común.
