El Papa se va con las manos abiertas y por el camino menos inquisitorial que pudiera imaginarse.

La otra cara de la soberbia

El Papa ha dado una lección “ubi et orbe” de humildad. Soltar al timón mientras el barco navega parece de ciencia ficción.
Nadie – ni persona ni diccionario- ha definido la humildad de manera definitiva, por mucho juego lingüístico que le haya echado al término. La soberbia es indefinible. Sólo se la conoce por su antítesis; es decir, como lo contrario de la humildad. Es que la soberbia arraiga de tal manera en el corazón humano que apenas se la detecta, como si formara parte del mismo.

La soberbia es la expresión humana más genuina. Ser soberbio es ser humano. Sólo cuando Dios enraíza en el alma disminuyen los deseos, aquellos que marcan la deriva del hombre. No los que piden ser más, sino los que ambicionan ser más que el vecino. Por parafrasear al inolvidable Ortega “yo soy yo y mi soberbia”. Es la soberbia quien expulsó a nuestros padres del paraíso: «Seréis como dioses». 

Por eso, hay tanta especulación imaginativa en torno al Papa. Es difícil de entender que arroje el poder si no existen intereses ocultos que le obliguen. ¿Por qué lo hace? Muchos tratan en encontrar el tercer pie del gato. Es que, de lo contrario, habría que aceptar la simplicidad sin astucia, es decir, las razones que ha dado: está cansado, es viejo, no tiene fuerzas. “Es mejor que venga otro. Entrego el poder”. ¿Entregar el poder? ¿Cómo puede ser? El poder no entiende de generosidades, dijo aquel poeta griego. El poder y la soberbia están casados en definitivas nupcias.

Sin embargo, así ha sido. Cuando llegó, los detectores de razones ocultas señalaron una trastienda vaticana introductoria de, poco menos, que una especie de renovado Santo Oficio e Inquisición. No ha sido así. El Papa se va con las manos abiertas y por el camino menos inquisitorial que pudiera imaginarse. Es más simple pensar que lo ha hecho solo por las razones que aporta. Incluso creer que el Espíritu Santo acompaña a la Iglesia en sus diferentes singladuras.

Este Papa parece la otra cara de la soberbia. ¡Hay que ver!