La frialdad, preámbulo de egoísmo y la crueldad, descoyunta las diferentes capas sociales y separa a los políticos de la causa primera, de su razón de ser.

El último debate sobre el Estado de la Nación y el siguiente de “control al gobierno” no han podido ser más decepcionantes. No puede comprenderse que, cuando un auténtico drama humano campea sobre una inmensa cantidad de españoles- los más débiles de la población- sus señorías se enzarcen en cuestiones de indudable menor cuantía.

Ya sé que, para muchos, no es de menor cuantía, por ejemplo, la independencia de Cataluña o los casos de corrupción, estos últimos, por cierto, más numerosos de lo que hace unos meses hubiéramos podido suponen, pero permítaseme que insista, todo es menor ante la magnitud de “lo humano” Nada es superior a la crisis de la familia, al sufrimiento de la gente como consecuencia del paro. En definitiva, nada está por encima del dolor, la miseria, la pena del “hombre” Nada hay más importante que eso. ¡Nada! Por lo tanto, no se entiende que los diputados centren la atención en cosas ajenas a eso.

Resulta evidente que la frialdad, preámbulo de egoísmo y la crueldad, descoyunta las diferentes capas sociales y separa a los políticos de la causa primera, de su razón de ser, en definitiva. Algo peor, convierte al ser humano en un número inconcreto, lejano, perdido bajo otras prioridades. Por ejemplo, si los catalanes o los vascos tienen, o no, derecho a la independencia, debe entrar en discusión cuando los catalanes y loas vascos hayan resuelto las necesidades primarias de sus gentes, o sea, en el momento en que más de un millón de familias españolas dejen do de padecer problemas elementales de subsistencia.

La persona precede a todo lo demás y, como tal, debe ser objeto de atención preferente. Es decir, anterior a cualquiera otra cosa. Los políticos viven en una especie de isla. O sea, “aislados” de de la verdadera razón de ser de su existencia