En medio de otras preocupaciones, tendencias y escándalos, acaba de publicarse una estadística inquietante.
El año pasado se suicidaron en España cuatro mil personas. Aunque sin concretar, también fue altísimo el número de quienes lo intentaron. Las cifras son mucho más elocuentes que cualquier discurso. Tienen el aplastante valor indicativo de los síntomas.
En este caos, señalan de forma bien clara que, bajo la zona visible de esta sociedad, existe un submundo que no le encuentra sentido a la vida y que bajo los efectos de la desesperación y la frialdad del ambiente, prefiere marcharse. Nunca ha existido algo tan evidente como el desarraigo existencial que produce el ambiente contemporáneo. La gente vive pero no tiene tiempo para convivir. Cada ser humano se mueve, a duras penas, en el ámbito estricto de lo inmediato, en la asfixiante rutina del día a dia. Muchas veces, los límites se reducen tanto que el ser humano se queda solo en su propia cárcel. Ocurre algo que funciona cada vez peor en las angosturas intelectuales y morales de nuestra época. El alma, el espíritu se agosta encerrado en las dimensiones de su propio “yo” y, el hombre, sin tiempo para la eternidad, sufre encerrado en los límites de su entorno, aquello que el filósofo existencialista, Jean Paul Sarte, denominó la nausea.
Es necesario encontrar el punto de inmensidad que nos une al infinito. Es urgente sentir el aliento cálido de Dios, su amor, a través del puente que el mismo Dios ha tendido: Jesucristo.
