El día en el que la Iglesia celebra la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, cuya aparición a unos niños inocentes se remonta a 155 años atrás y cuya jornada está dedicada a la oración por los enfermos, el Papa Benedicto XVI hace público su propósito de renunciar a la sede petrina.

¡Gracias, Santo Padre Benedicto!

La noticia ha movido y conmovido a gran cantidad de personas en todo el mundo y, entre las primeras reacciones, se han establecido comparaciones por las diferencias observadas con respecto a la etapa final del pontificado de Juan Pablo II.

A mí me parece irrelevante establecer ese tipo de comparaciones, por la sencilla razón de que, ineludiblemente, cada persona vive en un momento y circunstancias personales y sociales concretas y porque Dios ha creado a cada ser como único e irrepetible, dotándolo de libertad y conciencia para que pueda ejercer su conducta responsablemente.
Benedicto XVI deja un gran legado cultural, a través de sus numerosos escritos, conferencias, intervenciones diversas, etc., lo que constituye ya una parte del mejor acervo cultural de la historia de la humanidad.

Sus cualidades como profesor, como intelectual, como teólogo y, en definitiva, como hombre culto, en el mejor sentido de la palabra, son indudables y extensamente reconocidas.
En lo que se refiere a su vida religiosa, atendiendo a la orientación de los temas elegidos para las tres encíclicas de su pontificado, que se centran en la vida teologal: la fe, la esperanza y la caridad, advertimos centrada en su profunda relación con Dios y en su voluntad de transmisión a todos de las excelencias de una auténtica vida teologal.

De entre sus virtudes humanas me suelo fijar en su pasmosa humildad, así como en su afable generosidad, lo que, pese a su gran timidez, se adorna con una elegancia infingida e inimitable.

Cuando Benedicto XVI abandone su ministerio como vicario de Cristo en la tierra, se dedicará a una vida de recogimiento y de oración, pero continuará hasta el final de sus días, por su bautismo, su configuración sacerdotal, profética y real con Jesucristo.

Tendremos en la Iglesia, no una sombra del nuevo Papa, sino una gran luz, situada en lo alto de un monte.