Me ha costado trabajo entender que lo importante es sembrar. Lo de cosechar o recoger, te llegará a ti o quedará en la oscuridad del tiempo y del silencio.

Sembrar

Esta reflexión ha llegado a mi mente inspirada por un encuentro casual esta mañana. Como tantas otras veces, se te acerca alguien que te saluda muy afectuosamente, sin que consigas descubrir de quién se trata. Afortunadamente, vas intuyendo con quién te has encontrado y consigues que se haga la luz. En este caso, se trata de un alcohólico ex-propietario de un afamado bar. En la actualidad se dedica a vender cupones de los minusválidos y es feliz.

Le conocí en un Cursillo de Cristiandad. En aquella ocasión, entre el grupo que acompañábamos a los neófitos se encontraba un personaje, desgraciadamente fallecido, que captaba a los alcohólicos al vuelo: Miguelito el cariñoso”. Comenzó a hablarle de su necesidad de salir de esta enfermedad y, desde su prepotencia, nuestro personaje de hoy, desechó sus consejos.

Como es natural, amén de obviar el consejo principal, aceptó otros que no son menos importantes; confiar en el Evangelio e intentar seguir sus consejos. Finalmente, después de una separación, una ruina económica y “estar a cinco minutos de encontrarse en la calle” (sic), nuestro amigo recordó aquellos sentimientos positivos que le habíamos proporcionado en aquél “encuentro para la búsqueda de la felicidad”. Hoy, gracias a Dios, es feliz. Trabaja con sus cupones, con los alcohólicos –desde alcohólicos anónimos- y procura transmitir la siembra que recibió.

Casi siempre pretendemos aquello de “melón y tajada en mano”. Tenemos que tener paciencia en la medida que Dios y los que nos quieren tienen con nosotros. La cosecha la recogerá el que recibe la simiente. Algunas veces nos enteraremos, pero casi siempre… no. Pero lo intuimos. Nada queda baldío.