Durante el tiempo entre la Resurrección y la Ascensión a los cielos, la gloria del Resucitado no ha terminado de manifestarse en su totalidad.
De ahí las palabras misteriosas que dirige a María Magdalena: »Todavía [...] no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20, 17). Esto indica una diferencia de manifestación entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. El acontecimiento a la vez histórico y transcendente de la Ascensión marca la transición de una a otra.
«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Ef 4, 8-10). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre", a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre. Cristo, desde entonces, está sentado a la derecha del Padre: «Por derecha del Padre –explica San Juan Damasceno– entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fuera glorificada».
