El núcleo del debate nacional político se empeña en localizar la corrupción en el lugar del vecino.
Y el hombre medio, aquel que busca la honradez sin apellidos, no sabe dónde depositar su confianza. Desde luego algo falla en el mundo, como muestra este país donde el ciudadano desayuna cada mañana con un nuevo asunto podrido y la apasionante incógnita de deslindar cual – o quien- está más inmerso en la basura.
Hay un clamor general o, quizá, una frustración generalizada diaria que, sin duda, aumenta de volumen cuando contrasta dos actualidades; una proviene de las llamadas “encuestas de población activa” y otra del submundo de la corrupción. Dos cifras, dos cantidades frías que producen escalofríos en la sensibilidad del lector. Resulta que casi seis millones de españoles están en paro y el porvenir, según el “Fondo Monetario”, no viene alentador. En medio de este paisaje sombrío, las llamadas “Izquierda” y “Derecha” siguen apareciendo como modelos de solución. Pero, ¿qué significan estos nombres desde las cansadas ventanas del siglo XXI? Simples lateralizaciones de la sociedad. Hubo una época en que se autopropusieron como tablas de salvación, opciones redentoras capaces de parir “un hombre nuevo”. Ocurre, sin embargo, que han pasado siglos y de las izquierdas-derechas no quedan más que denominaciones. Ese “hombre-mujer ideal” no llega.
Sólo el ser humano como fue, como es, como será, esclavo de su propia mirada egocéntrica. Todo lo demás es puro artificio, plataformas en continuo proceso de desamor. Dice el apóstol Pablo: “Pobre de mí; aquello que aborrezco eso hago” ¡Qué vigente está la frase! Es el ser humano, materia prima, único viviente de la creación que distingue entre el bien y el mal quien protagoniza la vida. Y ese ser humano necesita urgentemente la presencia de Dios para mirar salir de su ensimismamiento. Todo lo demás es invento desgastado por el uso, por el fracaso permanente de la Historia universal.
