Cien personas -¡cien!- tienen tanto dinero que podrían acabar hasta cuatro veces con el hambre y la miseria del mundo.

La bondad no aparece ni se la espera

El dato se cuela en las conciencias y las lleva al punto de ebullición; cien personas -¡cien!- tienen tanto dinero que podrían acabar hasta cuatro veces con el hambre y la miseria del mundo. ¡Un bombazo al optimismo antropológico convencido de que hay una evolución gradual de la humanidad hacia la bondad general!

Creo que fue a finales del siglo XVIII, cuando una serie de intelectuales más contentos que unas pascuas decidieron que Dios era una inutilidad cuyo sitio razonable estaba en el desván de la Historia. Luego, a fin de no ponerse intransigentes, cosa impropia de gente pensante, lo situaron en el paraíso, desentendido de la peripecia de su criatura. A lo largo de los dos siglos siguientes, la bondad proclamada brilló por su ausencia. Más bien todo lo contrario porque, durante los siglos XIX y XX, si juntamos unas cuantas guerras zonales y dos mundiales, la actividad humana resulta aterradora; ha muerto más gente en ese período que, por el mismo motivo, en los dieciocho siglos anteriores. Se puede decir que la culpa viene de la extraordinaria perfección de las armas. Es cierto. También lo es que en perfeccionarlas se ha puesto más empeño, inteligencia y dinero que en hallarle paliativos al dolor. No sólo eso; la inmensa mayoría de los avances en medicina y farmacia han nacido como consecuencia de las guerras. Es decir, el hombre humanidad ha trabajado mucho más en buscar sistemas para destruir que en construir y sanar.

Volvamos al dato que nos ocupa; el hambre.Conviene puntualizar algo; la carencia de lo más elemental no se refiere a un trozo o poco más de lo que pudiéramos llamar actualidad geográfica y social. Por el contrario, afecta ya casi a las tres cuartas partes de nuestro planeta. Más de la mitad de esta Tierra, esclavizada por la voracidad de unos cuanto en cuya cúspide figuran esos cien prohombres de la riqueza. En consecuencia; no existen demasiados motivos para la alegría. Hay una frase en el Nuevo Testamento que me roza un más allá de la frente: “La Tierra gime con dolores de parto esperando la manifestación de los hijos de Dios". Algo más, entrelazada con ella, otra más contundente. Es del propio Señor Jesucristo:“Separados de Mí nada podéis hacer”. La Historia demuestra en la práctica la contundencia de ambas afirmaciones.