Me sorprende cómo hay necesidad, máxime entre los jóvenes, de alguien que muestre una propuesta de vida alternativa, que llegue al corazón; una propuesta que impulse a salir de la monotonía. Me alegra ver cómo hay quien demanda que vuelvan los maestros.
Pero los maestros de verdad, aquellos que no imponen, sino proponen; aquellos que ayudan a sacar la verdad que todos llevamos dentro; aquellos que indican, muestran y enseñan contenidos que nos humanizan; aquellos que tienen los pies en el suelo y expresan su experiencia desde la humildad: la humildad de los grandes. Urgen los maestros del espíritu. Es necesario que alguien nos ayude a descubrir las claves de la maduración espiritual, desde una experiencia personal de Dios, de encuentro con el misterio. La maduración espiritual, como también lo es la emocional y afectiva, demanda la luz de quien haya transitado previamente por los caminos de la interioridad. Entre todos podemos crecer, aprender y descubrir. Para un servidor el maestro con mayúscula y por excelencia es Jesús de Nazaret, su mensaje es profundo y sencillo; entendible y hondo; cercano y trascendente.
