Cada siglo y medio, más o menos, hombres y mujeres diseñan la puerta de un nuevo paraíso. Y, a pie de umbral, dejan un número incontable de muertos y de malos olores.
Como signo de lo permanente, las familias cristianas celebraron su fiesta anual. Insisto, como signo de lo permanente. Es cierto que esta sociedad de hielo se cuartea en mil cascotes de egoísmo. Aún así, la familia es un refugio reiteradamente buscado. Por nostalgia, quizá, o por el efecto de algún cromosoma recalcitrante. La familia siempre está presente. Aquel que nos hizo dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” y estableció la idoneidad de una compañía. Y sigue.
Cada siglo y medio, más o menos, hombres y mujeres diseñan la puerta de un nuevo paraíso. Y, a pie de umbral, dejan un número incontable de muertos y de malos olores. Las ilusiones podridas huelen fatal. Por eso, cada dos generaciones, los pioneros de la siguiente proceden a cubrir de ceniza la historia o a reinventarla; un ejercicio de gran calado social.
¿Qué se nos está muriendo ahora? Los expertos disiente mucho entre sí; unos dicen que vivimos en pleno cambio de época, otros que una época nueva preñada de cambios. Algunos, explican que navegamos en un submarino con todas las alarmas encendidas. Por lo tanto, no nos queda más remedio que emerger o morir. ¡Parece mentira después de haber descubierto la eficacia de la bomba de hidrógeno! Hombre, algunos países del subdesarrollo la tienen ya. Los demás… Pues todo se andará.
Volviendo a la familia, no desaparece ni mucho menos; está en los genes del ser humano; ¡en los mismísimos genes!. Por, ejemplo, siempre habrá montones de abueletes que prefieran ahorrar el euro de una partida al dominó para que sus nietas estrenen zapatos por Reyes Magos. Cosa tremenda si se tiene en cuenta que “la partida de la tarde” es el puente que les une al pasado y el pasado la única patria de los abueletes. Pues prefieren ser apátridas que “malcalzar” a las nietas.
No hay razonamientos. Solo un misterio que, como tal, no se da a entender. Es una bruma exclusivamente humana, diferenciadora de los demás seres vivientes, que se llama amor. La familia anda atravesando siglos trabada internamente por el inexplicable lazo del amor. Se acabará el mundo alguna vez, pero mientras exista y, pese a las heridas del materialismo asfixiante, siempre habrá abueletes que, contra toda explicación, preferirán los zapatos de sus nietas a las partidas de la tarde.
