Pues ya está; se nos va 2012 que los gitanos llaman de “malage” y los eruditos, lo mismo pero en latín: “horríbilis”.

El "cri-cri" de la conciencia

El tiempo es lineal e indivisible. Lo cuarteamos para no volvernos locos en el vértigo de lo inacabable. Pues ya está; se nos va 2012 que los gitanos llaman de “malage” y los eruditos, lo mismo pero en latín: “horríbilis”. O sea, lingüísticamente… más o menos. Como no me gusta hacer bromas con el latín, el más hermoso de los idiomas, digo en español, “año de mal recuerdo” Luego, puestos a trocear, quedan  los días. En realidad, los días no son nada. Un puñado de algo que se derrama entre los dedos de las ilusiones o las felicidades, siempre en fuga. Eso dijo un poeta. Los buenos  poetas reciben homenajes “post mortem”.  Son un mestizaje entre ave del paraíso y perro de granja o cortijo. Es decir,  cantan a ladridos alegres o aúllan con lamentos. Desde luego, los días se acaban al caer la noche y la conciencia queda sola. La conciencia, ese algo anatómicamente ilocalizable pero persistente y puñetera. Dialogante al principio: muda, después. Al final –dicen–  termina por enronquecer. Y no se oye. Quiera Jesús, el Señor, que ningún cristiano viva con la conciencia afónica. Este 2012, ha debido enmudecer un montón de conciencias. Por remedar a Lorca, “se apagaron las alarmas y se encendieron los grillos”. Recuérdese que “Pepito Grillo” era la conciencia de Pinocho. Bueno, pues en esta despedida de año apenas se oye el “cri cri” Hay más de un millón de familias que no comen; nosotros  comemos; lloran mientras reímos… ¡Qué se yo! ¡El cri-cri!

Los economistas apremian al consumo. Explican, con aplastante claridad numérica, que si no consumimos, la crisis entrará en un proceso casi irreversible. Pues el que esto escribe entiende que más vale compartir una paella de arroz como las que hacia mi abuela, que un crucero por el Mediterráneo. Pero, claro, yo no entiendo de números. Mucho menos de economía.