Hace casi sesenta años, recién venido de Jaén, mis padres me llevaron a un colegio de “mayores”.
Durante mi primera etapa de escolarización, hasta que hice la primera comunión, había estado en un colegio de monjas junto a mi hermana. Al llegar a Málaga a ella la llevaron a las teresianas y a mí me llevaron a otro colegio, con mis primos: San Agustín. Allí estuve en la 3ª y en la 4ª con compañeros y profesores que he seguido recordando desde entonces. La depresión económica de aquellos años – siempre ha habido depresión y recortes- me llevó a la escuela pública hasta el final de mis estudios. En aquél San Agustín conocí al Padre Llordén y al Padre Víctor.
Al cabo de los años decidí irme a vivir junto al Colegio de los Olivos, a fin de que mi prole pudiera llegar con facilidad al colegio de los agustinos y allí han estudiado mis ocho hijos y ahora lo hacen mis nietos. He pertenecido a la APA desde siempre y he dado cuanto he podido por el colegio. Mi entrega ha sido recompensada de sobra con una educación muy buena de los míos y una gran amistad con cuantos frailes han llegado a la comunidad. He sido profesor sustituto en ocasiones y en varios años he acompañado a los alumnos de COU a su viaje a Taizé.
En esta larga etapa he convivido con muchos agustinos, profesores, alumnos y amigos. Muchos de ellos han sido y son como familia mía. Tengo que resaltar al Padre Galdeano, director del colegio muchos años, director del Colegio Mayor Elías Ahuja y, sobre todo, un gran cura navarro-malagueño que dejó –con su muerte prematura- un gran hueco en cuantos le conocimos. También recuerdo especialmente a Miguel Ángel Alonso, Miguel Hernández, Fermín, Los dos Agustines, el Padre Mayo, Modesto, con el que pusimos en marcha los Cursillos de Cristiandad para jóvenes en Málaga, etc., etc.
Ahora la comunidad y cuantos tenemos algo que ver con el Colegio estamos tristes. Una circunstancia oscura y desgraciada ha ensombrecido el rostro de cuantos formamos la familia Agustiniana. Gajes del oficio. Los seguidores de Cristo tenemos que dar la cara y responder a su servicio. A veces, surgen problemas personales que caen sobre todos por la maldita ley de la generalización.
Seguiré queriendo y respetando a los hijos de San Agustín. Seguiré queriendo a mi colegio y al de mis hijos y nietos. Un pobre desgraciado no va a destruir casi sesenta años de amistad y respeto.
