No mata quien físicamente puede sino quien quiere. Veo un cuchillo en la cocina de mi casa. No es tan eficaz como un fusil de asalto pero sirve para salir del paso.
Bien, aunque no queramos reconocerlo, los cadáveres de Adan Lanza, allá en el Lejano Coneticut, son nuestros cadáveres. Verán, digo esto porque, a medida que pasan los días, llegan detalles que profundizan en el contexto inmediato de ese chico que mató a sus padres, a veinte niños menores de diez años y a siete adultos que, casualmente, estaban frente a su revólver.
Al mismo tiempo, se descubren detalles no suficientemente relevantes como para entrar en las crónicas periodísticas pero sí capaces de encender los interrogantes de quienes desean meter las narices bajo las líneas de flotación de esta sociedad. Alguien, no demasiado optimista, ha dicho que la nuestra es una cultura alejada de la idolatría; no tiene más que un solo dios, el dinero, y un solo profeta, el consumo. Será así. Seguramente lo será. Pero quede claro que ese diseñó social produce monstruos. Seguro.
Leo ahora mismo una reseña de los funerales que celebran en la ciudad donde ocurrió la tragedia. Me fijo en un detalle pequeño, insignificante, que se cuela entre los datos noticiosos generales; la madre del asesino era coleccionista de armas, apasionada de ellas desde el simple revolver hasta un fusil de asalto. ¡Un fusil de asalto! Magnífico elemento de combate capaz de matar “al por mayor” si se me permite decirlo así; o sea, a la velocidad de un muerto por segundo. Hay alguien que entrevistó a la dama coleccionista y, al parecer, le dijo que lo hacía por “ si la sociedad se degradaba.” No sé qué quiso decir. No lo sé. Simplemente me da que pensar. No acabo de encontrar el sentido exacto de la frase. Prefiero no meterme en deducciones demasiado intrincadas para un periodista. Es cosa de sicólogos o sociólogos o vaya usted a saber de quien. La madre de Adan temía esa afición. No podrá explicarla. Le selló las capacidades su propio hijo.
Dicen algunos que es urgente prohibir la venta y tenencia de armas. Puede ser, pero no creo que sea la solución. No mata quien físicamente puede sino quien quiere. Veo un cuchillo en la cocina de mi casa. No es tan eficaz como un fusil de asalto pero sirve para salir del paso. Solo que no quiero utilizarlo. Frente al horror está el amor, ese antídoto del mal que nos propuso el Señor Jesús. No hay más alternativa. Los fusiles de asalto lo demuestran con toda claridad.
