Los evangelios narran en dos momentos solemnes, el Bautismo y la Transfiguración de Cristo, que la voz del Padre lo designa como su "Hijo amado". Jesús se designa a sí mismo como "el Hijo Único de Dios" y afirma mediante este título su preexistencia eterna.

Su único Hijo

 Pide la fe en "el Nombre del Hijo Único de Dios". Esta confesión cristiana aparece ya en la exclamación del centurión delante de Jesús en la cruz: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios", porque es solamente en el misterio pascual donde el creyente puede alcanzar el sentido pleno del título "Hijo de Dios". (Art. 444 CIC)
Por su parte, Pedro confiesa a Jesús como "el Cristo, el Hijo de Dios vivo", a lo que Jesús le responde con solemnidad: "no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos". Si Pedro pudo reconocer el carácter transcendente de la filiación divina de Jesús Mesías es porque éste lo dejó entender claramente. Ante el Sanedrín, a la pregunta de sus acusadores: "Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?", Jesús ha respondido: "Vosotros lo decís: yo soy".

Ya mucho antes, distinguió su filiación de la de sus discípulos, no diciendo jamás "nuestro Padre" salvo para ordenarles "vosotros, pues, orad así: Padre Nuestro"; y subrayó esta distinción: "Mi Padre y vuestro Padre" (Jn 20, 17).