El perdón, un lastre insoportable para el pensamiento superficial que campea en la aún inexplicada cultura de la post-modernidad.

Catolicón

La señora Valenciano, segunda de Rubalcaba en el actual PSOE, dice que el término “perdón” es muy “catolicón”. Al escribir el neologismo así, en aumentativo, el ordenador se indigna y me advierte del error con una agresiva raya roja bajo el exabrupto; “catolicón” En esta ocasión, Elena Valenciano arremete contra varios miembros de su propio partido productores de un video en el que piden perdón por los errores cometidos durante la época de Rodríguez Zapatero. Pero ocurre que el término "perdón"  es inconcebible para el pensamiento autotitulado discurso intelectual progresista.

“Perdón” forma parte, según dicen, de una jerga pasada de moda, patrimonio cristiano, que, durante siglos, paralizó el avance de la humanidad. Pedir perdón constituye un acto lesivo para la propia esencia de la humanidad liberada de prejuicios y supersticiones. Vivimos una nueva torre de Babel que elimina de su entorno todo aquello que ponga límites al desarrollo humano pleno. Lo curioso es que en este sentimiento concurren derechas e izquierdas. ¡Ah! Y ultraderecha; precisamente fueron los nazis quienes buscaron la perfección humana abandonando cualquier sujeción a lo trascendente. Orgullosos, dominadores, semidioses en fin. Se empeñaron en la creación de una raza divinizada autoredimida y libre de cualquier esclavitud o servidumbre pasada. El perdón, un lastre insoportable para el pensamiento superficial que campea en la aún inexplicada cultura de la post-modernidad.

Sin embargo, el verdadero sentimiento o necesidad moral de ser perdonado y perdonar, humaniza a quien lo solicita. Además, le libera del orgullo que un contexto cultural ha echado sobre los hombros de ese ser débil y menesteroso que se llama hombre-mujer. Cuantas lágrimas hay debajo de la petulancia contemporánea que quiere ocultar su profunda incertidumbre mediante una máscara de autosuficiencia. Permítaseme una frase que cualquier posmoderno calificaría de impresentable: el perdón y sus secuelas son perfume de Dios en el corazón del hombre.