No creo que merezca la pena un disgusto, un simple disgusto, por la llegada al mundo de una patria nueva.

El hombre y la patria

Las pasadas elecciones catalanas han ejercido tal impacto sobre la opinión pública que, después de casi una semana, sigue la expectación como el primer día poselectoral.

En la llamada clase política, los rumores e intercambio de pareceres, rozan niveles de bullicio. Los periodistas apenas han incluido en el poblado escenario de las tertulias radiofónico- televisivas asuntos tan relevantes como el espeluznante informe de OCDE sobre el paro para priorizar las elecciones.

Quizá la explicación se encuentre en el hecho de que, por primera vez en la historia política, una consulta electoral no ha consistido en la potencial sustitución de un Partido por otro, sino, nada menos, que en un posible cambio de  patria. No es habitual. El País Vasco lideró algo parecido pero mediante fórmulas violentas y, por tanto, reprobables. El método pacífico y democrático de esta ocasión es novísimo en nuestro país, en toda Europa, salvo casos excepcionales como el del Reino Unido, que ya nació dividido, o el de Suecia-Noruega a principios del siglo XIX, cuando las patrias amanecían como modelos de una nueva humanidad. Ahora, en este siglo, y en plena crisis económica, con una Cataluña al borde de la quiebra, resulta difícil de comprender.

Nos hemos gastado, según últimos datos, unos seiscientos millones de euros para propiciar la separación catalana del resto de España. ¿Por qué? Es decir ¿Qué beneficio rendiría a los catalanes, a sus familias, a su convivencia, a sus relaciones interpersonales…? La patria es un reducto intimo; un sitio en el que el ser humano se relaciona por cuestiones de proximidad y de idioma y poco más; la patria es un invento casi reciente en la larguísima historia del universo; ha producido más guerras y odios que el conjunto de los hallazgos geopolíticos. El énfasis en la patria conduce a la exaltación de la raza que la habita.

En el siglo XX, millones de personas han muerto en el “altar” de la patria como holocausto a no se sabe qué. El Señor, Dios, hizo seres humanos que habitaran la Tierra y su Hijo Jesucristo nos mandó amarnos más allá del artificio de las fronteras. No creo que merezca la pena un disgusto, un simple disgusto, por la llegada al mundo de una patria nueva. Pero conste que hambre de un niño es más importante que el conjunto patriótico universal y nos hemos gastado seiscientos millones de euros en ese proyecto “maravilloso” mientras miles de familias buscan sobrevivir