Lo importante, decisivo, para el ser humano es que hubo un lugar pobre, humildísimo, donde, por previsión de Dios, el rey del universo vino al mundo; Dios se hizo hombre.
Muchas cosas del mayor interés para los cristianos, en particular, y para la humanidad en general, ha dicho el Papa con motivo de la presentación de su último libro sobre Jesús de Nazaret. Curiosamente, solo ha prendido en lo que se conoce como opinión pública, la inexistencia de la mula y el buey en el portal de Belén.
Medios de comunicación e incluso tertulias en círculos de alto nivel, se han hecho eco de lo que no tiene más valor que la pura anécdota. ¿Hubo mula y buey en el portal de Belén? Pues digamos que nadie lo sabe porque los Evangelios no dicen una palabra al respecto. Solo Mateo y Lucas nos hablan del nacimiento de Señor y, como sus compañeros Marcos y Juan, son escuetos, precisos. Dicen lo que tienen que decir de una manera esquemática. Nada más. Lo necesario en orden a la salvación. Solo eso, nada más que eso. Nada menos.
La presencia de la mula y el buey no deja de ser una referencia tierna, afectiva que se agregó bastantes siglos después, no a los Evangelios por supuesto, sino al costumbrismo y anecdotario de lo que pudiéramos llamar villancicos, cancionero y referencia popular. Algunos teólogos explican que la mula y el buey son un simbolismo tomado de una frase del profeta Isaías que dice: “el buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su señor, Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento” (Is 1,3).
La llegada de Dios a la Tierra significaría una nueva oportunidad de conocimiento para la humanidad. En cualquier caso, llama la atención que de una simple referencia anecdótica se deduzca una categoría. Lo importante, decisivo, para el ser humano es que hubo un lugar pobre, humildísimo, donde, por previsión de Dios, el rey del universo vino al mundo; Dios se hizo hombre.
El asunto es tan enorme que hay que recurrir a similitudes para no caer de rodillas dando gracias de por vida. Dios es hombre verdadero. Solo cabe en el marco de la Fe que araña el corazón. Desde luego la enormidad del hecho solo tiene explicación en el Amor (con mayúsculas) y ocurre que el Amor es la esencia de Dios. Lo dice el apóstol San Juan.
