El poder es la cristalización de la vanidad, de eso que se llama amor propio.
La corrupción ensucia la vida ciudadana y predispone el ánimo de las gentes contra las instituciones y los políticos. De manera especial en épocas como ésta cuando la crisis angustia a las familias y hace más difícil la tolerancia. España ha sufrido demasiados casos de corrupción en los últimos tiempos, bastantes más de los que cabría suponer en una democracia tan joven como la nuestra.
El desaliento social se refleja, por ejemplo, en las últimas decisiones electorales de resultado profundamente cambiante. Radicalmente cambiante. Pero, con independencia de eso que, quizá, con menor radicalidad, sería trasladable a cualquier otra nación de nuestro entorno, la corrupción es permanente y asfixiante.
Conmociona de nuevo la actualidad un hecho que ocupa el dialogo de las tertulias y el argumento de muchas artículos de opinión; la acusación de cohecho que un periódico español acaba de lanzar contra el líder independentista catalán, Arturo Mas. ¿Se usa como martillo para golpear a Más? ¿Hubiera aparecido de no existir esa proclamación independentista? Preguntas que siempre quedarán en el aire.
El juego político es oportunista y sinuoso aunque quiera aparecer limpio y noble. La política es una pirámide con el “poder” en la cúspide. El poder contiene una de las mayores concupiscencias que puedan darse; convierte al ser humano en providencia de los demás. El que lo consigue siente que sus decisiones afectan directamente a miles de personas, el poder es como una especie de incienso cuyo aroma desquicia al que no esté sobreaviso. El poder es la cristalización de la vanidad, de eso que se llama amor propio.
Volviendo a Cataluña, las elecciones que, hipotéticamente, deber ser preámbulo de independencia, quedan a la vuelta de la esquina. Ellas dirán. Pero resulta evidente que a estas alturas de la historia europea, con fronteras antiguas y muy consolidadas, no parece oportuno establecer una nueva patria incluyendo además conceptos decimonónicos como apellidos, nacencias… Todos esos supuestos ideales han costado ya enormes sufrimientos. No es posible que alguien quiera volver a repetirlos. El Señor nos hizo iguales en dignidad. Las patrias fueron divisiones artificiales muy posteriores. Por encima de todas la patrias establecidas y está “la persona” esencialmente igual y maravillosamente diferente; la persona.
