De todos los atributos divinos, sólo la omnipotencia de Dios es nombrada en el Símbolo. Confesarla tiene un gran alcance para nuestra vida.
Como proclama el Catecismo Romano: «Nada es, pues, más propio para afianzar nuestra fe y nuestra esperanza que la convicción profundamente arraigada en nuestras almas de que nada es imposible para Dios».
Sin embargo, la constatación del mal en el mundo ha cuestionado seriamente la fe de generaciones de cristianos. El catecismo reconoce que «a veces, Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Ahora bien, Dios Padre ha revelado su omnipotencia de la manera más misteriosa en la humillación voluntaria y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido al mal». Sólo desde una fe que se gloría de sus debilidades (2 Co 12, 9) puede entenderse este aparente silencio de Dios. De esta fe, la Virgen María es el modelo supremo: ella creyó que "nada es imposible para Dios" y pudo proclamar las grandezas del Señor: «El Poderoso ha hecho grandes cosas en mí, su nombre es santo».
«La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna». (Artículos 268-278; 309-324 CIC)
