El sufrimiento y la amargura de millones de personas que padecen la indignidad del paro, la carencia de lo más elemental, merecen el acuerdo de las partes secularmente enfrentadas.

Lo que sea, vale

Nadie conoce el resultado final de esta huelga. Me refiero, claro, a los beneficios concretos que reportará a las personas y grupos heridos por la virulencia de la crisis. Lo digo porque esas personas se han convertido en el monodiscurso y banderín de la izquierda y la derecha. O sea, como una especie de objeto con el que golpear al de al lado. Todos son acusadores del de enfrente y decididos benefactores de los desamparados. Sin duda, el ciudadano medio pierde la orientación.

Por ejemplo, en el transcurso de la huelga, como siempre, las cifras bailaron de una manera escandalosa. Los Medios próximos al gobierno, o al partido que lo sustenta, hablaban de fracaso; quienes se reclaman como progresistas consideraron, desde primera hora, que estaba siendo un triunfo. Es decir, la objetividad se diluía entre valoraciones interesadas.

La nuestra es una sociedad dividida por el egoísmo y la mentira; cada uno trata de configurar la verdad de acuerdo con las exigencias de sus intereses. Cierto que siempre ha sido así, que el egoísmo ha funcionado secularmente como motor social imperante. Nunca ha existido un momento histórico en el que las diferentes capas sociales, divididas por el rango, sangre, cuna y dinero, hayan convivido en paz y concordia.

La publicidad moderna, inventora de lo que suele llamarse técnicamente “lenguaje persuasivo”,  estimula el deseo comprador a partir de una realidad subyacente en el alma humana; nadie quiere tener más sino más que el vecino. Carlos Marx imaginó un mundo nuevo y lanzó a las futuras generaciones las bases teóricas sobre las que edificar el paraíso. No parece que haya tenido mucho éxito.

Volviendo al principio, ¿quién se benefician de esta huelga? Todo es justificable en el bien y para el bien. Nada es bueno si añade dolor al dolor. Lo que sí queda claro es que el sufrimiento y la amargura de millones de personas que padecen la indignidad del paro, la carencia de lo más elemental, merecen el acuerdo de las partes secularmente enfrentadas. Es urgente olvidar las acusaciones mutuas.. Es hora de afectos, de entendimientos… Los cristianos le llamamos amor. Otros suelen denominarle solidaridad u otras cosas. ¡Lo que sea, vale!