El pasado domingo estaba participando de la Eucaristía cuando escuche una frase que me impacto: “tenemos que presentar un Dios creíble”. Me pareció un propósito acertado para poner en marcha el año de la fe.

Un Dios creíble

¿Cuántas veces hemos escuchado la frase?: “Creo en Dios, pero no creo en vosotros” (la Iglesia y cuantos decimos que la formamos). Estimo que debemos dar más razones convincentes de nuestra fe. Estar en primera fila al lado de aquellos a los que vino a salvar especialmente Jesús de Nazaret.

Los cristianos debemos estar presentes en las situaciones de dificultad, de pobreza y de marginación que se producen a nuestro alrededor. No podemos permanecer ajenos ante situaciones como las que se producen cada día de suicidios por desalojo, de familias sin poder atender las necesidades mínimas y de colas ante las entidades de reparto donde escasean los medios.

No vayan a creerse que estoy haciendo estas reflexiones pensando en los demás. Estoy mirando hacia mí mismo. ¿Estoy en condiciones de transmitir un Dios creíble desde mi status de comodidad y de necesidades cubiertas? Estamos llegando a una situación en la que el acordeón del consumo se ha abierto de forma exagerada y mientras una parte de la sociedad llena los bares, restaurantes, terrazas y lugares de ocio, la otra rebusca en los contenedores y vive en pisos pateras o en “camas calientes”.

Mi conclusión es que tengo que modificar esta actitud o no volver a quejarme de la increencia de los pueblos. Tengo que transmitir un Dios más creíble… o callarme.