Poco más del cuarenta por ciento del PIB de la Tierra lo manejan una quinientas familias.

La casa y la vida

A principios de esta semana se ha reunido la comisión mixta PP-PSOE para estudiar las nuevas bases reguladoras de los procedimientos de desahucios. En los próximos días sabremos en cuanto y como debe tasarse la angustia, la intimidad, el dolor, el amor… En fin, todo lo que sucede “puertas adentro” de una vivienda familiar; el reducto íntimo de esa célula social que se llama familia.

Algunas veces se nos olvida que estamos en el centro del tópico económico-político llamado sociedad de consumo, la cual basa su existencia en el hecho incuestionable de la oferta y la demanda. Fuera de este principio no hay nada ni puede haberlo. Las generaciones que alentaron la vida moderna, todas ellas deudoras del mensaje cristiano, quisieron manumitir al ser humano de la antigüedad y sus estructuras esclavizantes.

Los dos últimos siglos han dejado atrás millones de cementerios donde duermen los héroes de tantos amaneceres supuestamente redentores. Ahora, poco más del cuarenta por ciento del PIB de la Tierra lo manejan una quinientas familias, más o menos. En estas cosas no puede haber precisión que, como todo el mundo sabe, el dinero es escurridizo y tan sinuoso como las anguilas. Además, ni la angustia ni la desesperación cotizan en bolsa, por eso alguna gente pierde interés por la vida; cuando llegan los agentes de la autoridad se arrojan por la primera ventana a mano. Un euro vale algo más que mil suspiros, es el código deontológico de la actualidad social, supuestamente mejor que las anteriores. Hombre, después de tanta revolución y sufrimiento, decir que no somos más felices que nuestros bisabuelos sería para volvernos locos.

No digo- ¡ni mucho menos!- que debamos volver atrás. Sólo que es necesarios abrir los ojos al Amor cuya fuente es Jesús, Hijo de Dios. Él dijo: “Sin mí nada podéis hacer”. Una mirada objetiva y desapasionada sobre la realidad mundial, nos confirma la veracidad de sus palabras.