Las emociones mueven el mundo. Son las que condicionan muchas de nuestras decisiones, no sólo electorales sino también de consumo.
Las palabras de Obama tras ser reelegido presidente de los Estados Unidos fueron retransmitidas en directo por medios de comunicación de todo el mundo. Lo escuché camino del trabajo y reconozco que consiguió emocionarme. Se trató de un discurso lleno de sentimiento, dirigido a encender el espíritu de los norteamericanos y a insuflarles una carga extra de energía positiva. "Somos capaces de salir adelante con el poder de nuestros corazones", dijo el presidente, y los aplausos arreciaron entre el auditorio.
No debe extrañarnos. Las emociones mueven el mundo. Son, en último término, las que condicionan muchas de nuestras decisiones, no sólo electorales sino también de consumo, y la publicidad da muestra de ello cuando deja de vendernos argumentos para vendernos sueños, deseos, vidas que están, o eso nos dicen, al alcance de la mano. Este tema resulta de un gran interés en lo que atañe a los niños. La educación de las emociones es, según muchos expertos, la gran asignatura pendiente de la sociedad actual, y de ella depende la capacidad de construir una sociedad sana y fraterna.
Las psicólogas americanas Adele Faber y Elaine Mazlish defienden en sus obras la importancia de incluir la educación emocional en la agenda de todo padre y profesor. Según ellas, ahí reside la clave fundamental para que los padres sepamos "hablar para que los hijos nos escuchen y escuchar para que los hijos nos hablen". Esta teoría, a mi modo de ver, revolucionaria, es tan sencilla de aplicar como beneficiosa para las relaciones paterno filiales. Porque es muy habitual que los padres neguemos las emociones de nuestros hijos. "No puedes estar cansado, has dormido toda la noche", "¿Estás llorando por eso? ¡Menuda tontería!" Frases como éstas resumen la afirmación "no sientes lo que sientes, no escuches tus emociones", un mensaje demoledor. Y no les hablo de psicología barata. Como hemos afirmado, las emociones son el gancho con el que políticos y publicistas van a controlarnos el resto de nuestra vida.
Al privar a nuestros hijos de conocer, acoger y gestionar sus sentimientos ¿no estamos deshabilitando un importante cauce para desenvolverse en el mundo como personas maduras? Un chaval de trece años al que le ofrecen un porro puede sentir en su interior que eso no va con él, pero ese resorte defensivo no saltara si desde que era un bebé le hemos convencido de que no debe escuchar sus sentimientos, de que no siente lo que cree sentir en lo más profundo de sí mismo, sino que son los otros los que les dicen cómo debe sentirse en cada momento.
Esta sociedad en crisis es la suma de muchas, infinitas crisis personales, y sólo saldrá adelante si quienes la constituimos somos capaces de convertirnos en seres íntegros, con dominio de nosotros mismos y abiertos al misterio de los demás, que no es sino el reflejo de ese otro Misterio que todo lo impregna y constituye, del Misterio que somos.
