El mundo a las órdenes de Obama o a las de cualquier otro, necesita que lo atraviese el amor.

El niño de la patera

El resultado electoral en los Estados Unidos es una llanura difícil de analizar. En realidad ¿quién ha ganado? Obama desde luego, pero su oponente, Romney, le sigue tan de cerca que, moralmente, es como si ambos lo hubieran conseguido.

Con cerca de cincuenta y cinco millones de votantes reales, o sea, personas que han depositado su papeleta, una diferencia de poco más de cien mil votos resulta casi irrelevante. El mundo sigue igual, como dice la canción. La izquierda aplaude el triunfo del señor Obama. La derecha también. Todos saben que el mundo va a continuar como hasta ahora, que derecha e izquierdas son denominaciones, poco más que denominaciones; la izquierda y la derecha amarillean en el siglo diecinueve tratando de no desaparecer en esta sociedad occidental y plana del veintiuno.

La madrugada anterior a las elecciones, poco antes de que derechas e izquierdas del mundo felicitaran al señor Obama, una patera cargada hasta la mismísima borda, cruzaba el Estrecho tratando de encontrar un lugar de derechas o de izquierdas donde comer. En medio de los navegantes, un bebe lloraba ¡vaya usted a saber! Como todo el mundo sabe, a los bebés les da por llorar cuando tienen hambre, así que, a lo mejor, era por eso.

Ha ganado Obama. Quisiera mandarle, desde esta humilde página, mi más sincera felicitación. No le va llegar. Tampoco las otras, así que da igual. En realidad, el mundo a las órdenes de Obama o a las de cualquier otro, necesita que lo atraviese el amor. El Amor con mayúsculas que todavía no sé de qué signo es. Sólo sé que es. Que está ahí, que de aquí a poco, entre gritos de entusiasmo y de pueblos en fiestas, celebrará el aniversario su llegada a la Tierra. Me refiero al inconcebible Amor de Dios que mandó a su Hijo Jesucristo como el niño de la patera. Las derechas y las izquierdas son denominaciones. El Amor es global, enorme. Nadie sabe cual es su nombre, perfil y denominación.