Desde aquel día en que comencé a tomarme en serio el cristianismo, me han rondado la cabeza las verdades básicas del creyente: es decir, aquellas que recoge el Credo.
Estamos en plena celebración del Año de la fe. Para mí, este año se inició hace mucho tiempo. Desde aquél día en que comencé a tomarme en serio el cristianismo, me han rondado la cabeza las verdades básicas del creyente: es decir, aquellas que recoge el Credo.Hay ocasiones en las que consigo apelar a la fe del carbonerillo; esa situación me tranquiliza. Creo porque me lo dice la Santa Madre Iglesia. Pero cuando me paro a pensar, la duda me hace apelar a la esperanza de que algún día consiga aceptar El Credo en su totalidad; sin ninguna duda.
Por otra parte creo que la fe se basa en aceptar lo que no se ve ni se entiende. Lo otro es certeza. Pero me falta la paz que da el aceptar el futuro sin ningún tipo de miedo ni resquemor. Cuando hablo con sinceridad con los que me rodean, muchos coinciden en mis apreciaciones. El tratamiento que sigo para mejorar esta situación consiste en proclamar cada día el Credo muy despacio. Una parte la llevo bien y otra peor. Pero acepto todas, dentro de mis dudas.
Un amigo mío, cura, me enseñó hace años que esto se consigue tres días después de muerto y por la tarde. Y en esa estamos, aunque he coincidido con personas de una fe total. Como decía mi maestro Antonio Checa, el creía la palabra de Dios desde el titulo hasta donde pone “Impreso en la editorial…”. Él ya está con el Padre. Estaba preparado.
