Las recientes manifestaciones estudiantiles –algaradas de jóvenes, para unos; protestas fundadas para otros- tienen, sin duda, una base que cala bastante más hondo de lo que esta sociedad atenta a lo superficial es capaz de percibir.

¿Qué valores?

Intelectuales de amplio prestigio y docentes muy prestigiosos han participado en conferencias y tertulias para dar sus respectivos y, sin duda, autorizadísimos puntos de vista. Uno de esos “encuentros” ha llamado mucho mi atención. Lo conducía o lideraba, si puede decirse así, un profesor de filosofía, autor de numerosos libros y ponencias en los que siempre, de una u otra forma, concluye señalando la inexistencia de Dios; la imposibilidad de su existencia. Me refiero a José Antonio Marina. Uno de sus libros, que logró una amplia aceptación en determinado campo de pensamiento, fue “Un dictamen sobre Dios”. Marina, después de un severo y detenido análisis, llega a la conclusión de que es intelectualmente imposible su existencia. Bien, pues el mismo Marina dice en la tertulia a la que me refiero y en el alguna otra de sus intervenciones recientes, que la causa primera o fundamental que lleva a los chicos a estas “asonadas” y manifestaciones es la carencia de valores. Totalmente de acuerdo con el profesor. Pero, habría que preguntarse por los propios valores que sustentan a la sociedad que conduce a los muchachos. A los valores del señor Marina por ejemplo.

Proponer metas trascendentes que merezcan la pena mantener si Dios no existe, de una u otra forma, sería algo así como utilizar el sistema métrico decimal prescindiendo del metro. Mucho falla en nuestra sociedad, pero lo fundamental, el pedestal que debe soportar todo lo demás, es Dios. Es el Señor próximo, cercano, Jesucristo. Sin Él solo hay edificios evanescentes, torres altísimas sin ningún cimiento. Todo lo demás sigue por añadidura.