Aquellos que ya peinamos muchas canas tenemos que aceptar, al margen de nuestras creencias, que no todo el mundo tiene nuestra fe; lo que sí podemos esperar es dignidad y formalidad en las ceremonias civiles
A lo largo de mi ya dilatada vida he asistido a cuatro bodas civiles. La primera me dejó un agrio sabor de boca; el acontecimiento se celebraba teniendo como contrayentes al hijo y la hija de dos amigos míos. El lugar de la celebración se encontraba en un despachito de los viejos juzgados de c/ Tomás Heredia. Mientas esperábamos el comienzo de la misma, compartimos espacio con varios detenidos esposados y conducidos por la Guardia Civil a los distintos juzgados. La ceremonia: tres minutos de fría lectura del Código,… y finito. Francamente deprimente.
La segunda ya fue en un lugar más adecuado: los juzgados ubicados en el edificio del Hotel Miramar. Como todas las bodas se agrupaban en un corto espacio de tiempo, aquello parecía más las colas ante la Rosaleda que una ceremonia. Esta vez duró cinco minutos.
La tercera también fue “distinta”. Unos amigos se casaron una fría mañana con la sola presencia de los padrinos y dos invitados. La señora que oficiaba la ceremonia estaba con problemas y abandonó su puesto en dos ocasiones para atender el teléfono.
Por fin, a la cuarta, he salido satisfecho de una boda civil. Se ha celebrado entre unos jóvenes que, pese a vivir en familias cristianas, no se consideran creyentes. Me parece muy honrada su postura y asistí con ilusión y expectativas de tener más suerte con la boda. Maravillosamente bien preparada por la celebrante, (una concejala de un pueblo de la Costa Oriental), los contrayentes y los familiares. La fórmula de compromiso matrimonial fue enriquecida por la oficiante con experiencias personales y consejos que diferían muy poco del “Corintios 13”. Los familiares acompañaron con sendas intervenciones muy sentidas que nos emocionaron a todos y finalmente los contrayentes nos expresaron su agradecimiento. Los asistentes, salimos agradablemente sorprendidos.
Aquellos que ya peinamos muchas canas tenemos que aceptar, al margen de nuestras creencias, que no todo el mundo tiene nuestra fe; lo que sí podemos esperar es dignidad y formalidad en las ceremonias civiles y, finalmente, rogar a Dios que les transmita el deseo a los contrayentes, posiblemente a través de muestro ejemplo, de realizar su compromiso, no “en la Iglesia”, ni “por la Iglesia”, sino para la Iglesia. No todo consiste en flores, banquetes y ceremonias en grandes templos. Tenemos que transmitirles a los jóvenes que el Matrimonio Católico se basa en meter en nuestras vidas a Jesús de Nazaret y amarnos como nos amo Él.
Enhorabuena a los contrayentes y sus familiares de la boda civil que les he narrado. Rezo porque un día les animemos con nuestro ejemplo a reafirmar su amor con el Sacramento del Matrimonio.
