El ministro de Educación ha dicho que el interés de su departamento es procurar que los alumnos catalanes se sientan tan orgullosos de su catalán como de su castellano.

Fronteras y lenguas

La frase, que no deja de ser más que eso, una frase, ha despertado todo tipo de recelo y controversia en diferentes medios informativos que bullen estos días en efervescencia catalanista. También en algunos que podríamos llamar españolistas.

Lo que de verdad resulta preocupante es la actitud. A nadie preocuparía lo más mínimo que un niño catalán estudiara todas sus asignaturas de forma bilingüe. O sea, por ejemplo, en inglés y catalán. Hacerlo en castellano produce recelo. Es evidente que no se trata del idioma propiamente dicho sino de la carga política que lleva consigo, del momento crucial que atravesamos.

Cataluña vive un proceso difícil de definir. Quiere ser “un estado más” dentro de la Unión Europea. Dejando al margen la posibilidad de hacerlo, es decir de que las circunstancias y normas existentes lo permitieran, cabe preguntarse el porqué. Los estados, las naciones… son concepciones sociopolíticas que a lo largo de los siglos han diseñado los pueblos con el propósito fundamental de simplificar sus aparatos administrativos. Por lo general ha primado la lógica de su cercanía geográfica y el idioma. Es difícil o imposible encontrar otras razones a lo largo de la Historia.

El siglo XIX se distinguió por sus procesos expansivos y coloniales, por el intento de crear naciones artificiales sin ningún vínculo territorial o sociológico. No consiguió otra cosa que producir guerras territoriales, ejércitos innecesarios, destrucción, ambición y muerte. Por eso, precisamente por eso, no acaba de de entenderse el énfasis en esta situación, aún incipiente, que con el tiempo terminará por convertirse en una enemistad regional. Quiera Dios que el énfasis en esta situación puntual y artificiosa no termine por nublar el sentido común.