Ser cristiano es saberse en el amor de Jesucristo, que, en la medida de la docilidad del hombre, le lleva a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.
Los actos religiosos con motivo del nombramiento de San Juan de Avila como Doctor de la Iglesia han puesto una vez más de manifiesto algo que por considerarse parte de la sociología actual apenas si llama la atención: aquellos Medios Informativos considerados de “Derechas” le han dado todo el relieve posible.
Los de “Izquierdas”, en cambio, no lo han tenido en cuenta –como si no hubiera sucedido- o lo han mencionado muy de pasada. Quizá merezca la pena una reflexión, aunque sea muy breve. A estas alturas del conocimiento o. mejor dicho, en esta etapa de la evolución cultural, afirmar que la izquierda es agnóstica y la derecha creyente, es un absurdo . Tampoco se puede diferenciar a los hombres por el nivel de sus rentas –la derecha rica y creyente; la izquierda pobre y atea. El esquematismo que allá en los albores del siglo XX dividió el mundo en izquierdas y derechas, no tiene vigencia. Son términos anecdóticos que proceden de Revolución Francesa. En una de aquellas asambleas los más levantiscos y revolucionarios se colocaron a la izquierda de la sala y los moderados en el lugar opuesto. La inmensa mayoría de los conceptos que aún manejamos como actuales carecen de vigencia.
Ser cristiano es saberse en el amor de Jesucristo, que, en la medida de la docilidad del hombre, le lleva a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. La Iglesia es la necesidad de la hermandad. El que ama no puede andar solo por la vida. El amor al prójimo necesita del compañerismo. Vivir en el anticlericalismo es no haber salido todavía del siglo XIX. Realmente es una antigualla que aún pervive en los que entienden la inteligencia como una especie de factor de la modernidad. Miles de intelectuales en los dos últimos dos siglos han empeñado sus conocimientos y deducciones en la afirmación de que una humanidad más conocedora y madura prescindiría de la trascendencia. Todos han desaparecido con la Historia. El Señor Jesús, aquel que, siendo Dios se hizo hombre en su inmenso amor por la persona, sigue siendo dueño de la Historia.
