Las fronteras, siempre imaginarias, pasan por la violencia y clasifican a las gentes. Baste decir que la única patria propuesta por el Señor es la universalidad del amor.
Es difícil deslindar los derechos que asisten a los catalanes para formar una nación, de los que tienen los españoles para impedirlo. En estas circunstancias, hay argumentos suficientes para “quedar en tablas”. Se apela a la Historia y cuando no aparecen suficientes motivos de entre los pliegues de los siglos no queda más remedio que recurrir a la cultura.
Sin duda, la cultura es menos elástica, más precisa que el recoveco secular. Por ejemplo, nadie puede dudar de que en Cataluña existe una lengua común que habla la totalidad de los catalanes. Esto es algo que les une y configura como pueblo. Pero, al margen de eso, que, ya digo, tiene un enorme valor identificativo, debe existir algo más que motive el establecimiento de una nación, patria, estado…
Nunca se ha estudiado con la debida atención cual es el impulso que mueve a los seres humanos a establecerse como unidades independientes. Por lo general, la historia oculta entre bravezas y agravios la primera canción de cuna de una nación. El mundo es un mosaico, pero los hombres son tan parecidos unos a otros que apenas se despintan. Naturalmente, no me refiero al color de la piel o al tamaño del cráneo sino a ese lugar recóndito que se llama alma. El alma, tan absolutamente identificativa del hombre que hace posible su pertenencia a una raza única. Llama la atención que esa raza tan homogénea tienda a la separación, a la distancia, a la guerra. También esa es una constante desde el principio de los tiempos. Los catalanes quieren separarse de ese tronco cultural común que se llama España.
Personalmente no sabría definir qué es España. Tampoco Cataluña. Hasta donde llego, las considero unidades administrativas donde se agrupan españoles y catalanes para una mejor gobernación de sus cosas y personas. Nada más. Todo lo que sea ir más allá termina en demarcaciones fronterizas como muy bien demuestra la Historia. Las fronteras, siempre imaginarias, pasan por la violencia y clasifican a las gentes. Para terminar, baste decir que la única patria propuesta por el Señor es la universalidad del amor.
